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martes, 31 de marzo de 2015

Y se rindió

El mundo está consternado por una tragedia aérea en la que han muerto muchas personas y la prensa se hace eco de la noticia.
Desde hace una semana las cadenas de televisión, la prensa escrita y hasta internet, cuentan lo mismo una y otra vez. No hay nada más que contar, claro. La investigación no se ha terminado ni se espera antes de dos o tres meses, pero ya se sabe que el mundo está lleno de "expertos en todo" que lo mismo te "analizan" un partido de fútbol que un problema económico. 
(Y no olvido el dolor terrible de unas familias que quieren explicaciones y certezas, no "amarillismo".)

Sin embargo de otras cosas no se habla tanto. Cosas que son más urgentes o más importantes (o igual de importantes, si se prefiere así), no tienen ningún eco. Tal vez sea porque no son tan llamativas, o porque damos por sentado que son "cosas que pasan".

No pretendo negar el impacto que produce un avión estrellado, cientos de muertos y el terrible descubrimiento de que se provocó adrede. Otra cosa es que necesitemos una semana viendo las mismas imágenes, porque no hay otras, y oyendo las mismas cosas, ya que no hay nada más que contar, mientras en otro lugar del mundo aparecen otras imágenes que deberían ser mostradas y, sin embargo, continúan semiocultas. 

Una de ellas me ha saltado directamente a las entrañas, desgarrándome por dentro. Una foto que se tomó en enero pasado y hace unos días algún periódico publicó en sus páginas.

En la fotografía se a ve a una niña de cuatro años. Su cabello, castaño con vetas más claras, cortado en una melena redonda, como la de tantas otras niñas. Su rostro redondo, sus manitas pequeñas y sus muñecas rellenitas, recuerdan que hace muy poco era solo un bebé. Debía ser la hermosa foto de una hermosa niña, pero no lo es.

Sus ojos, grandes y oscuros, reflejan miedo. Sus labios apretados, esperando el daño que da por sentado y, lo peor de todo, sus brazos en alto, con las manos sujetándose sobre la cabeza en señal de rendición. Porque se está rindiendo. Tiene cuatro años y se está rindiendo. Ha perdido la esperanza porque en su pequeño cuerpo solo cabe el miedo. 

Cuatro años tan solo. Siria. Vive en un campo de refugiados. Creyó que la cámara era un arma. 
Y se rindió.




En este enlace se pueden ver la foto y la noticia.

http://cadenaser.com/ser/2015/03/30/internacional/1427708643_463831.html

miércoles, 29 de mayo de 2013

El duende se hace mayor


Adios, Bob Esponja
Sí: el duende se hace mayor. Ya no quiere saber nada de Bob Esponja, al que ha cambiado por la serie de dibujos „Star Wars”, y prefiere escuchar la música de Sean Paul o Black Eyed Peas, dejando de lado el hip-hop que hasta ahora era su estilo favorito.
Sus andanzas nocturnas se han modificado levemente y, aunque sigue siendo un entusiasta de la decoración, ha adquirido otro método más estudiado. Coloca el sillón junto a la ventana, tal vez por relajarse tomando el sol, y se desprende de los muebles que contienen sus juguetes, como si estuviera despidiéndose de la infancia y adquiriendo costumbres más maduras.
La carita sigue teniendo la misma expresión entre dulce y burlesca, pero su sonrisa está rodeada por una aureola oscura y pilosa así que tal vez muy  pronto deba recibir su primera maquinilla de afeitar. Con el crecimiento del vello ha llegado también el descubrimiento de su cuerpo, que de pronto se ha convertido en un lugar íntimo al que nadie debe acceder sin permiso: le gusta ducharse a solas, se niega a ser besado en público y solo admite un abrazo si realmente desea darlo.
Ha comenzado a escoger su ropa y a decidir qué le gusta ponerse y de qué prefiere
Hola, Star Wars
prescindir: adora las camisetas con diseños modernos o imágenes de sus personajes y animales favorito, pero odia los polos y las camisas; no soporta los jerseys de lana y le encanta llevar sus sudaderas con capucha; no le gustan los abrigos, prefiriendo los chaquetones de corte deportivo; no aguanta los pantalones, los calcetines ni los zapatos, que se pone solo porque así lo exige el decoro y utiliza exclusivamente en la calle o en los lugares en que no tiene mucha confianza.


Claro que el hecho de cumplir años no es suficiente para que un duende deje de ser quien es, por lo que continúa haciendo sus travesuras sin desfallecer ni un segundo, si bien también en ellas se observa un estilo más desvergonzado. Si antes eran producto de su afán por aprender, ahora son un pulso que nos echa para probarnos.
Cosas de hombres
Algunas veces se situa frente a uno de nosotros y nos mira, con una sonrisa en los labios y la mirada clavada en la nuestra. No mueve el cuerpo del lugar en que se encuentra, solo nos mira fijamente, sin parpadear apenas. De pronto sus manos hacen un gesto rápido y, antes de que podamos reaccionar, ha cogido el trozo de tarta que le hemos prohibido comer, ha subido el volumen de la música o nos ha apagado la luz de la habitación, dando la velada por finalizada.
Se pasea por la casa lanzando juramentos, vengan o no a colación, y luego se comenta a sí mismo que “no se dice: es palabrota”. Saca una corbata del armario y se la coloca alrededor del cuello, hasta que descubre cómo le observo, momento en que la devuelve lentamente a su lugar mientras repite “no se toca: es de papa” (así, acentuando la primera “a”). A la hora de comer llama nuestra atención sobre el hecho de que está tocándose los pies y, cuando nos disponemos a enviarle a lavar sus manos, nos espeta un “no se toca el pie, que luego va a la comida y a la cara”, sonriéndo con satisfacción por lo bien que lo ha aprendido... o tal vez por el efecto que su acción provoca en nuestras caras.

Recorrer esta etapa de la vida del duende resulta apasionante, a la par que agotador. He aceptado que debe madurar y llegar a la edad adulta, aunque dejemos algunos jirones de piel por el camino. Disfruto cada momento, incluso de aquellos en que da muestras de mayor desfachatez, tal vez porque el descaro es divertido, al menos cuando ya ha pasado el minuto de insolencia. Lo que no puedo evitar es un sentimiento de nostalgia: añoro al niño que estamos dejando atrás, por más que me alegre de que vaya creciendo. Y es que durante muchos años era mi duende, pero ahora ha decidido que es un hombre y debe estar con los suyos.
 
Mi elfo se está marchando y le hace sitio al compañero de su padre.
 
 
 
 
 
Fotos:

lunes, 14 de enero de 2013

El duende está enfermo


Hace ya nueve días que el duende no trastea por su cuarto. No se escucha el sonido familiar de los muebles al ser arrastrados; apenas se oye música; ni siquiera esas charlas que acostumbra a sostener consigo mismo o sus juguetes logra interrumpir el silencio: el duende está enfermo.

La fiebre, extraordinariamente alta, le hace dormitar contínuamente. Dormir no, que la tos le despierta y el pecho duele impidiendole dormir profundamente. No se queja, porque nunca lo hace por nada, ni pierde la sonrisa, que se ha vuelto tristona por causa de la mirada febril que hay en sus ojos.

Incluso ahora, cuando la enfermedad le tiene sometido y el cansancio le vence, aprovecha para darnos una lección de entereza y de bravura. Acepta la tos, la fiebre y los dolores con la misma risa en los labios con que recibe las buenas noticias. No se deja tocar por nadie, como si la piel le doliera al sentir un roce, pero sus labios se curvan hacia arriba cuando le miramos; se le escapa una mueca de repugnancia al ver los medicamentos que ha de ingerir, pero calla, abre la boca y traga, aunque no le ofrezcamos ningún regalo por hacerlo, aparte de la promesa de que pronto estará curado. Toma su medicina y nos mira, con los ojos tristes y los labios sonrientes, como si quisiera mostrarnos que en esta vida debemos hacer lo que se requiere de nosotros y que, por muy desagradable que sea, si se hace deprisa y con gesto amable, el trago será menos amargo.

Hoy comenzó a remitir la fiebre, aunque aún está tan enfermo que apenas puede comer, pese a que le hemos preparado sus platos favoritos y hemos surtido la nevera de yogures, cremas de chocolate y vainilla y todas las golosinas que tanto le gustan. Le observo comer y veo como el plato apenas se vacía. El duende lo mira, como si añorase su costumbre de rebañar, de tragar hasta la última miga o la última gota de salsa, pensando tal vez que está echando a perder una oportunidad magnífica. Es lo malo de ser un tragón: encuentra tanto placer en la comida que no poder con ella le debe parecer casi pecaminoso.  Pienso que tal vez si aparto el alimento de su vista se sentirá mejor, pero cuando lo sugiero se niega a aceptarlo. Debe creer que si lo deja delante el tiempo suficiente podrá reunir las fuerzas para terminarlo.

También en esa actitud veo una de sus enseñanzas: la enfermedad mina su energía, pero jamás su voluntad. Lucha por estar sano con todas sus fuerzas, porque no le gusta que nada ni nadie decida por él. El vigor de los duendes es digno de admiración, puesto que nace del deseo de seguir adelante, de imponerse a los reveses que le depare la fortuna y hacerlo con la sola ayuda de su afán por continuar siendo ellos mismos, pese a los percances.

Me acerco a él para darle su medicina, lleno la cucharilla de antibiótico y le digo “mira: la medicina que sabe a plátano”. Me sonríe, la toma y, devolviéndome la cucharillla, declara “mañana estaré sano”, como si quisiera consolarme o, tal vez, advertirme de que no hay que preocuparse por lo que ocurra hoy: mañana todo estará bien.

jueves, 10 de mayo de 2012

Filosofía en pantalla grande

Hoy he visto una película „para niños”. Así las suelen calificar, pero yo prefiero llamarlas películas amables que es lo que son realmente: cintas que se hacen amar por quien las ve.

"¿A qué tú no puedes
hacer esto?"
Yo soy una entusiasta espectadora de las llamadas “películas Disney”, sobre todo de las clásicas. Las actuales se me quedan un poco “cojas”, porque los dibujos hechos por ordenador son excesivamente perfectos, casi en tres dimensiones. Por si fuera poco les suele faltar algo que, al menos para mi gusto, siempre formó parte del encanto de esas películas: las canciones. Hay personas que lo prefieren, pero a mí se me quedan “cojas” si no puedo escoger mi canción preferida. Asociar la película a su canción era uno de los juegos favoritos que se derivaban de la visita al cine. El otro era recordar la frase o el diálogo que nos había llegado al corazón y que acabaría convirtiendose en proverbio o, simplemente, en una de nuestras bromas favoritas. Terminábamos de ver “Alicia...” y pasábamos meses repitiendo “exácticamente”, viniera o o a cuento. Precisamente de esta película es un diálogo que se me grabó desde que lo escuché por primera vez:

Alicia: ... Solo quiero saber qué camino debo tomar.
Gato: Pues depende de a dónde quieras ir.
Alicia: Eso no importa. Si tú me dices...
Gato: Entonces, realmente no importa el camino que escojas.

Era pequeña, pero no tanto como para no comprender la verdad que encerraban las palabras con que el Gato risón cierra la conversación. Aunque entonces las entendí en sentido casi literal, con el tiempo aprendí a reconocer su alcance: solo cuando sabemos qué queremos conseguir podemos dar los pasos que nos conduzcan a lograrlo. Mientras tanto, no importa el camino que escojas.

Mamá Odie
La película de hoy me ha recordado un poco a esta escena. Se trata de The Princess and the Frog (ignoro el título en español). El príncipe y Tiana, convertidos en ranas, llegan a la presencia de Mama Odie, una sacerdotisa vudú que vive el bayou, para pedirle que les devuelva la forma humana. Mama Odie trata de hacerles ver la diferencia entre lo que quieren y lo que necesitan. Al final se darán cuenta de que lo que necesitan es lo importante, lo que realmente les permitirá ser felices: sus amigos y familia. El resto (dinero, un restaurante de lujo, una vida de despreocupacion económica) tal vez lo quieran, pero no es imprescindible.

Es más o menos la misma enseñanza que daba el gato risón: debemos mirar dentro de nosotros, descubrir quienes somos y que es lo importante en nuestra vida. Cuando descubrimos la respuesta podemos tomar el camino correcto,  el que nos lleve hacia aquello que realmente necesitamos.
Mufasa y Simba
Estas cintas tienen siempre una enseñanza, aparte de los valores que tratan de inculcar a los niños. Hablan de la amistad, la familia, el esfuerzo que hay que hacer para lograr lo que nos proponemos, cuestiones eternas que hacen de las películas de esa factoría unos clásicos que gustan a todas las generaciónes. Cuando Mufasa le dice a Simba aquello de “...todos estamos conectados en el gran ciclo de la vida”, se lo está diciendo también a todos los espectadores y, sobre todo, a los niños, que entienden perfectamente el mensaje y recuerdan mucho mejor que hay que respetar a todos los seres vivos y cuidar la naturaleza. Además ¿quién se atrevería a contradecir a Mufasa? Y ¿qué decir de Sid, el oso perezoso, medio tonto y entrañable de Ice Age? Entre los muchos números cómicos que protagoniza en las tres películas de la saga, también él se atreve a tener un momento de seriedad y recomienda: “Tienes que olvidar el pasado, para poder tener un futuro”.

A veces Diego pierde la
paciencia con Sid
También hay momento para consejos más ligeros, que son los que mejor se recuerdan. Sobre todo si salen de los labios de un oso gandul, entusiasta de la música, que educa a su protegido cantándole “busca lo más vital, no más. Lo que es necesidad, no más y olvidate de la preocupación (...) y la naturaleza te lo da”.  En la Biblia también se da un mensaje parecido con aquello de los pájaros del cielo que vendrán a alimentarte y esas cosas, pero no hay evangelista que tenga la mitad de encanto y carisma que Baloo. Y además, lo dicen sin música, así que no pueden pretender llegar ni a la décima parte de público.

Ahora me voy a retirar. Trataré de descubrir qué necesito para ser feliz. Para ello miraré un poco dentro de mí, , buscaré la segunda estrella a la derecha y dejaré que me ilumine en la búsqueda. Ya sé lo que debo buscar: lo que es necesidad, no más.

"... si como una abeja afanas...
¡trabajas demasiado!"

domingo, 15 de abril de 2012

Cuento para Yago

Para Yago, que se despertó de madrugada pidiendo el desayuno pero se conformó con un cuento.

Erase una vez un niño que no era como los demás. Tenía la piel blanca y fina, casi transparente. Su cabello, castaño y muy abundante, le caía sobre los ojos haciendole cosquillas en la frente y la nariz. El rostro era de rasgos suaves. En sus finos labios se dibujaba casi siempre una sonrisa, que solamente desaparecía cuando enfermaba o le dolía algo, pero esto ocurría muy raras veces. Sus ojos eran pequeños y oblícuos, como los de los chinos, y tenían un color gris brillante que les hacía parecer dos bolitas de mineral de plata incrustadas en su cara. Completaba su fisonomía una nariz pequeña que se arrugaba al aparecer su risa y unas orejas pequeñas y un poquito puntiagudas. Su mamá decía de él que parecía un elfo. Le gustaba jugar en el jardín, sobre todo en el cajón de arena. Allí hubiera pasado el día entero si le hubiesen dejado. Se divertía haciendo hoyos en la arena o sencillamente comiendosela. Llegó incluso a probarla con ketchup, pero no debío gustarle demasiado porque sólo lo hizo una vez.

Solía entretenerse también escuchando música o tratando de interpretar sus canciones favoritas en distintos instrumentos; xilofón, piano, flauta, guitarra. Le bastaba una cuchara con que golpear el suelo rítmicamente para sentirse un gran músico.  Y, por fin, lo que más le gustaba de todo: bailar. Eso lo hacía todo el día y parte de la noche.
Un día se le ocurrió juntar sus dos aficiones, así que se sentó sobre la arena y comenzó a golpear  la madera del cajón con una pieza de su juego de construcciónes. El sonido era muy agradable, un “cloc” seco y sordo que repetía unas veces muy despacito, otras más rápido, variando el ritmo y creando así una melodía encantadora.

No se dió cuenta de que tenía público hasta que alzó la vista y descubrió una mariposa que se había posado sobre la hierba que crecía frente a él. Le pareció que el insecto bailaba al compas de su música, así que continuó observándola sin dejar de ejecutar sus redobles.  Efectivamente, el animalillo danzaba, pero lo hacía de una forma extraña para un bicho como ese ¡bailaba sobre dos patas! Aquello era muy raro, tanto que cesó en su concierto para observar mejor a la mariposa. Esta, al sentirse observada, le miró y se acercó a él. Revoloteó un poco alrededor de su cabeza, se posó sobre su mejilla y le dió un beso.

A cualquier otra persona le hubiese sorprendido, pero no a este niño. Ya hemos dicho que no era como los demás: Era un niño especial y podía ver cosas que nadie más veía.  Por eso se dió cuenta desde el principio de que aquello no era una mariposa normal. Era un hada.

No todo el mundo puede ver a las hadas. En realidad es que no todos estamos capacitados para ver cualquier cosa. Nos concentramos tanto en lo que esperamos encontrar que no somos capaces de percibir lo inesperado. Y, claro, nadie espera ver un hada así que no notamos su presencia. Algunas personas, en cambio, andan siempre mirando a su alrededor con el corazón dispuesto a ver cualquier cosa. Son las que descubren un caracol apoyado en una brizna de hierba, un botón de cuatro agujeros caído en una pequeña fisura de la acera o un hada que baila en el jardín.

Pese a ser tan chiquitina era un hada muy mayor y sabia, por eso se dió cuenta en seguida de que el niño era excepcional. Los niños que son capaces de ver hadas y además no se asustan, son niños valientes. Los que interpretan música tan bonita que hasta las hadas se ponen a bailar son, además, niños buenos y sensibles, que es como la pequeña gente prefiere a que sean. Cuando los seres mágicos se encuentran con alguien así se sienten muy agradecidos y siempren demuestran su gratitud haciendo un regalo.

En el caso de nuestro amigo la diminuta ninfa decidió que le contaría algo especial sobre las flores, para que él aprendiese a cuidar el jardín.
El hada le dijo que vivía entre las raices del ciruelo y le explicó como todas las primaveras salía por una puerta secreta para repartir un poco de polen aquí y allá. Así se aseguraba de que todo volviese a flocerer y de esta manera lograr que el otoño estuviera lleno de frutos. Le reveló secretos que nadie más conoce relacionados con el cultivo y cuidado de las plantas, que Yago anotó cuidadosamente en su libro de jardinería para no olvidar ningún detalle. Antes de irse le regaló unas semillas para que empezase cuanto antes con sus tareas de siembra. Luego se acercó a un rayo de sol y desapareció, como si se hubiera fundido con él.

Yago se puso muy contento por todo lo que había aprendido, por sus semillas y, sobre todo, por su nueva amiga. El sabía que volverían a verse más veces y trabajarían juntos en el jardín todas las primaveras, logrando así que este se llenase de color y aromas.

Entro en casa y preparó su semillero, depositó en el las simientes, las regó y colocó junto a la ventana para que les diese la luz del sol. Ahora tendría que esperar unos días para ver los primeros frutos de su trabajo, pero sería paciente, como su amiguita le había recomendado. La paciencia forma parte de la magia de los jardines y Yago había aprendido muy bien todos los hechizos que el hada le enseñó.

Con una sonrisa en los labios salió de la casa y volvió a su cajón de arena. Su mamá decía de él que parecía un elfo y ahora el niño sabía que eso es exactamente lo que era: un elfo, guardián del jardín.
Era, definitivamente, un niño muy especial.






Fuente de las fotos:
http://unicornblanc.blogspot.com
http://lobo-atento.blogspot.com
http://jardinesinteriores.blogspot.com
http://www.decorablog.com
http://www.magic-deco.de

lunes, 2 de abril de 2012

Cumpleaños de Hans Christian Andersen

La reina de las nieves, El patito feo, El ruiseñor, El soldadito de plomo, El vestido nuevo del emperador, La sirenita, Pulgarcita, La princesa sobre el guisante, La cerillera, La Pastorcita y el deshollinador... todos estos cuentos y otros muchos más se deben a la pluma de Hans Christian Andersen, nacido en Odense (Dinamarca) tal día como hoy del año 1805.
Su infancia fue probablemente dura. Hijo de un zapatero empobrecido y una madre alcohólica, es de imaginar que su niñez no sería feliz, pero luchó hasta  terminar sus estudios universitarios y acabaría convirtiéndose en el autor más importante de Dinamarca. Tanto, que el símbolo más famoso de Copenhage y, por extensión, de todo el país, es esa pequeña escultura que representa a una sirena, personaje protagonista de uno de sus cuentos.

Los cuentos de Andersen son muy diferentes de los de los hermanos Grimm: incluso los más alegres tienen algún punto de nostalgia o de tristeza. Muchos tienen finales que no se parecen en nada al “...y vivieron felices, por siempre jamás”. La cerillera, muere; el soldadito de plomo acaba fundido; la sirenita se diluye en la espuma de mar... Quizá sea que la vida con sus padres le marcó más de lo que parece.

Lo que me parece innegable es que son cuentos únicos, contados muchas veces desde la perspectiva del niño, no de la del adulto como era costumbre hasta entonces, lo que hace que los pequeños los disfruten con deleite.

Una vez más debo agradecer a mi padre el haber conocido a Andersen muy pronto. Él tiene en casa una colección en dos tomos de aquellos antiguos, encuadernados en piel y escritos en finísimo papel de pergamino que, como siempre, se me permitió leer desde pequeña. Cuando leía algo que me llamaba la atención, lo comentábamos. Tuvimos charlas muy interesantes sobre aquel niño enfermo a quien el Ángel de la Guarda recogía para llevarse al cielo, o la cerillera, que moría intentando calentarse con el fuego de sus cerillas: yo pensaba que eran finales tristes, pero mi padre me explicó que en esa época la muerte se consideraba una liberación, en ciertos casos, además de algo bello y poético. Hablaba,  por supuesto, del Romanticismo, aunque ese nombre no lo aprendí hasta algo más tarde.

Otros me resultaban más agradables de leer y no me dejaban con un nudo en el estómago al acabarlos. Me reí mucho a costa de la broma que le gastaron a aquel emperador presumido y me encantó que el patito feo fuese, al acabar la historia, el más bello de todos los cisnes.

Hoy, en el aniversario del nacimiento de Andersen, quiero darle las gracias a los dos: al uno por escribir esos cuentos tan maravillosos; al otro por dejarme leerlos y por explicarme lo que no entendía.

Y aquí dejo un enlace, con uno de los cuentos de Andersen que siempre entendí:
 http://blogs.diariovasco.com/cuentameuncuento/2005/04/11/absolutamente_cierto/

jueves, 29 de marzo de 2012

Yo también escribo

Para Daniel, que hoy ha sido el instrumento
de que se ha valido la inspiración.
Gracias. Por todo.
ESCRIBO

Escribo sin modelo
A lo que salga,
Escribo de memoria
De repente,
Escribo sobre mí,
Sobre la gente,
Como un trágico juego
Sin cartas solitario,
Barajo los colores,
Los amores,
Las urbanas personas
Las violentas palabras
Y en vez de echarme al odio
O a la calle,
Escribo a lo que salga.

Este es un bello poema de Gloria Fuertes que un amigo muy apreciado me ha dedicado hoy.  Al agradecérselo le he comentado que así mismo escribo yo: “a lo que salga”. Realmente al leer esos versos me he sentido completamente identificada con ellos. Yo también escribo sin modelo, según va fluyendo el pensamiento. Yo también escribo sobre la gente, los amores y desamores.  Yo también escribo en lugar de “echarme al odio”. Como estoy convencida de la verdad que encierra aquel dicho de “las penas compartidas son media pena; las alegrías compartidas son doble alegría”, escribo, que el trasladar al papel mis sentimientos es una válvula de escape para todas  las sensaciones  negativas y, al mismo tiempo, una manera de compartir las positivas.

Volviendo al poema he de decir que esta dedicatoria me ha tocado el corazón por varias razones: primero por venir de una persona por la que siento afecto y admiración, un amigo sensible y afectuoso que me ha proporcionado ratos muy placenteros con su conversación inteligente y culta y que me apoya siempre que le necesito con sus palabras de aliento. En segundo lugar por (haciendo una vez más gala de una fina intuición) dedicarme un escrito de Gloria Fuertes.

Hay otros poetas que me gustan mucho, quizá incluso mucho más, pero Gloria Fuertes es la poetisa con la que crecí. No sé si aún aparecerán sus versos en los libros escolares, pero en los míos sí estaban. Todavía me acuerdo de aquella vaca tan triste y delgada que en vez de dar leche, da pena, o de aquel tan cortito sobre la poeta: La poeta se casó con el poeto/Y en vez de tener un niño/Tuvieron un soneto. (Ella siempre decía la poeta, no la poetisa.)

Cuando yo era pequeña los poemas de Gloria Fuertes (junto con aquel de “el lagarto está llorando...” de García Lorca)  fueron nuestro primer encuentro con la poesía. Eran versos sencillos y fáciles de entender, con palabras normales y un ritmo tan pegadizo como el de la última canción del verano. Resultaba casi inevitable que todos acabáramos queriendo hacer poemas ¡parecía tan fácil cuando escribía ella! Luego venía un cumpleaños o un día de Reyes y ¿qué podía pedir como regalo sino un libro de Gloria Fuertes? Y es que nadie se podía resistir a desear un libro que llevara un título tan sugestivo como La Pájara pinta o Las tres Reinas Magas, Melchora, Gaspara y Baltasara.

He agradecido en privado el regalo de esos recuerdos, pero no he podido resistirme a hacerlo también públicamente. Al fin y al cabo es como mejor me sale expresar mis sentimientos: los escribo.


miércoles, 21 de marzo de 2012

21 de marzo

Cortesía del DSinfocenter a través de la revista
"Leben mit Down Syndrom"
Con motivo del Día Mundial del Síndrome de Down han aparecido carteles recordándolo con lemas y fotos encantadores: niños de ojos rasgados y sonrisas amplias; familias que, rodeando al pequeño protagonista del día, nos muestran, entre abrazos colectivos, lo feliz que se puede ser teniendo un niño trisómico en casa y, sobre todo, lo contenta que está la criatura de vivir con esos seres estupendos y guapísimos. Es todo tan bello que casi me dan ganas de volver a ser madre y solo me frena la duda de si lograré que tenga el Down o ¡Dios no lo quiera! me nace un niño sin él.
La intención es buena, claro, pero no acabo de verle la gracia. Hemos pasado de ocultar al hijo discapacitado a mostrarlo como si fuera lo mejor que la vida nos ha deparado. Por supuesto que no se puede llamar la atención sobre un problema centrándonos en su lado más feo; si solo se publicasen imágenes de bebés llorando en mitad de la noche, seguro que pocos querrían ser padres. Ahora bien, que no nos traten de vender la cueva de las maravillas con lámpara y genio.
Tener un hijo con trisomía 21 no es como alquilar una parcela en el paraiso, aunque tampoco es tan terrible. Es, simple y llanamente, lo mismo que tener un hijo sin trisomía, con la diferencia de que las etapas de su desarrollo se prolongan algo más en el tiempo. O tal vez no, claro, porque decir “los niños con Down son...” es tan absurdo como decir “los niños morenos son...”
Conozco niños que han empezado a andar a los trece meses y otros que no lo han hecho hasta las dos años cumplidos: unos eran Down, otros no. Niños que aprenden dos idiomas desde pequeños, que interpretan un instrumento musical, que hacen judo o teatro... trisómicos o no. Nunca he visto que la existencia de ese cromosoma extra produzca personas “diferentes” en el sentido estricto de la expresión: si tienen ojos rasgados, también los tienes millones de chinos, americanos o lapones; si aprenden a tocar el piano probablemente no lo harán como Beethoven, exactamente igual que el resto del mundo; si cuando nacen nos provocan automáticamente la pregunta “¿qué traerá el futuro?” están causando la misma preocupación que el resto de bebés genera en sus padres.
Tal vez tengan menos posibilidades de acabar una carrera o de conseguir un puesto de trabajo interesante y bien pagado, pero ello solo les igualará con la gran mayoría de seres que habitan el planeta, incluso con la gran mayoría de niños que habitan una ciudad grande y próspera como Nueva York, Berlín o Madrid.
No solo las personas pueden
tener T21
Por ello a mí, lo que de verdad me gustaría ver en este día (y todos los demás del año) es nada más que normalidad: que cuando mire ese cartel publicitario de los famosos pañales uno de los niños sea trisómico; que cuando la serie televisiva de moda haga la selección de sus actores entre ellos haya uno con esa característica; que cuando salga una mamá con su bebé de ojos rasgados nadie le diga eso de “ha tenido mucha suerte ¡son unos niños tan cariñosos!” porque ha tenido la misma suerte que todas las mamás del mundo y porque será cariñoso o no, según su carácter.
La mejor noticia sería que un día no tuvieramos que celebrar un "Día" especial para recordar al mundo que todos somos seres humanos, que todos vivimos triunfos y tenemos limitaciones, que nadie es “diferente” porque lo somos todos. Que lo que hace especial a la persona con Down no es el Down, sino el ser persona.

jueves, 15 de marzo de 2012

Duendes, travesuras y esponjas de colores


En mi casa vive un duende. Su aspecto es inconfundible: la piel, casi transparente de tan blanca; los ojos rasgados, traviesos, de mirada joven y, al mismo tiempo tan antigua como la historia de la tierra; las orejas, lígeramente puntiagudas y la sonrisa, entre simpática y traviesa.

Al principio pensé que tal vez fuera un elfo, pero la estatura y la constitución demuestran que no lo es. El carácter tampoco es el apropiado. Todos sabemos que los elfos son seres bondadosos, unidos siempre a los bosques, las plantas y el mar.

Los duendes, en cambio, suelen vivir cerca de los humanos, aunque no siempre se dejan ver. Les encanta tener animales y personas cerca para así gastar bromas, que es su entretenimiento favorito. No son malos, aunque a veces sus travesuras resultan maliciosas, como cuando esconden nuestra mejor blusa justo cuando necesitamos ponérnosla o se beben toda la leche que quedaba en la nevera, dejando el envase vacío para que no nos demos cuenta hasta el último minuto.


Normalmente desaparecen cuando han hecho la trastada, pero mi duende se queda por ahí cerca y cuando se le pregunta si ha sido él quien a derramado el agua sobre la alfombra o quien tiró las bolas de navidad por el balcón no tiene reparo en reconocerlo, aunque lo hace con una sonrisa pilla en los labios, como si en el fondo estuviese orgulloso de sus diabluras.

Nuestra vida a cambiado mucho desde que el duendecillo llego a casa. Ahora tenemos que andar con cuidado de no dejar las tijeras a mano, porque si las encuentra convierte la ropa en retales y las cortinas en hilachas. También debemos esconder las cerillas y mecheros, porque le encanta encender velas y hemos tenido que poner cerraduras en las ventanas, porque en cuanto logra abrir una se entretiene en tirar a través de ella cualquier cosa que se le ocurra, desde muñecos hasta vasos, pasando por libros, cacharros de cocina y ropa.

Cuando no logra abrir ventanas se entretiene cambiando los muebles de sitio. En el momento más impensado, aquel en que estamos tan tranquilos pensando que duerme, oimos ruido de armarios que son arrastrados de una habitación a otra o escuchamos como resopla al intentar colocar la cama de invitados en el pasillo. Eso también es típico de los duendes.

Parte de su colección de esponjas
Lo único que le hace olvidar estas ocupaciones son sus esponjas de colores. Periódicamente cambia de esponja, aunque siempre tiene una favorita. Últimamente la preferida es Rosa. Le acompaña a todas partes: a pasear, a jugar al jardín, a dormir... donde va nuestro geniecillo, va Rosa con él. Se llama Rosa porque su compañero es muy práctico: bautiza a sus esponjas según su color o textura. Ya hemos conocido a Soft, Blau y Gelbe (Suave, Azul y Amarilla), pero Rosa ha durado más que otras en su puesto de predilecta. Hay únicamente dos sitios donde el duende no lleva a su mascota y son el colegio y (curiosamente, si tenemos en cuenta que es una esponja) la ducha. Cuando va al colegio Rosa queda colgada del perchero, al lado de la puerta, como esperando el regreso de su dueño. Cuando se ducha la coloca en algún lugar donde no le salpique el agua, pero lo bastante cerca como para no perderla de vista.

El duende y Rosa, durmiendo
Definitivamente ha cambiado nuestras vidas, pero no solo por que tengamos que preocuparnos de sus trastadas. Ha hecho algo mucho más importante: nos ha recordado que para ser felices es suficiente con encontrar motivos para sonreir, aunque sea un momento delicado y tener alguien en quien confiar, aunque sea una esponja.

jueves, 1 de marzo de 2012

Nómadas



Yo no tengo raices. No he tenido ocasión de echarlas nunca porque mi forma de vida me lo ha impedido. De pequeña por la profesión de mi padre y de mayor por la de mi marido, he pasado más tiempo cerrando y abriendo cajas que viviendo en un sitio concreto y, cuando hablo de ello, suele surgir alguien que pregunta "¿pero cómo has podido soportarlo? ¡cambiar de residencia es una tragedia para cualquier niño!" Ante esa cuestión automáticamente respondo dos cosas: primero que esas personas han visto demasiadas películas americanas y, en segundo lugar, que no han debido salir de la casa de sus padres, excepto al contraer matrimonio y trasladarse... a un par de manzanas del hogar familiar.

Los niños que, como yo, han vivido su primer cambio de residencia a los pocos meses de edad y han pasado su niñez con la maleta hecha, consideran que esa es la forma normal de vivir. Las mudanzas de mi infancia eran algo divertido, excitante y tenía un punto de aventura. Tal vez tuviesen cosas negativas (supongo que las tendrían porque nada es perfecto), pero yo no las veía, como no las veo ahora, cuando han pasado los años y he tenido que enfrentar los traslados desde el lado "malo": el de encargada del empaquetado y desembalaje de los bultos.

Esa forma de vida me ha proporcionado una perspectiva del mundo y de la gente que otras personas solo adquieren después de muchos años de vida y de estudio. He conocido tanta gente diferente de nosotros y entre sí que no me llama la atención que alguien sea distinto, que tenga otras costumbres o que hable otro idioma. Pruebo cualquier comida sin torcer el gesto, respeto todas las creencias religiosas o políticas y me parece interesante y enriquecedor el que exista tanta variedad.

Cuando oigo eso de "es que como en España, no se vive en otro sitio", pienso "¡claro! y como en China, Moldavia o Tombuctú, tampoco se vive en otro sitio. En ningún sitio se vive como en otro sitio". Esa frase, tan repetida en España con intención de favorecer la forma de vida española, cuando llega a mis oidos se convierte en literal, porque sé de primera mano que es así. Ningún sitio es mejor que otro, solo distinto.

Ni siquiera dentro del territorio español un lugar se parece en todo a otro. Si fuera así, toda España me gustaría por igual, pero eso no sucede. Tengo mis ciudades favoritas, mis zonas preferidas, gente con la que me llevo mejor porque mi temperamento se amolda al suyo: rincones y personas, cada uno con su propio carácter.

Agradezco la posibilidad que he tenido de conocer tantas cosas; creo que le ha hecho bien a mi naturaleza. A veces añoro algo de lo que he dejado atrás, porque es imposible no crear algún lazo afectivo, pero no me apeno por mucho tiempo. Sé que llegarán otras cosas: solo hay que volar otro poquito para alcanzarlas.

Y es que la naturaleza es muy sabia y cuando nos corta las raices, nos regala un par de alas.

jueves, 24 de noviembre de 2011

Día del niño

Hoy es el día del niño. No de cualquier niño, solo del mío. Los miércoles sale más temprano del colegio, así que nos dedicamos a convivir.
Vivimos tan ocupados que apenas tenemos tiempo para invertir en lo que de verdad es importante. La familia, sobre todo los niños, queda siempre en un segundo plano, desplazados por las tareas diarias, así que no hay más remedio que hacer un hueco y respetarlo a rajatabla. En mi casa hay tres citas semanales ineludibles: Los jueves tenemos sesión de vídeo, los sábados padre e hijo hacen deporte y los miércoles son nuestro día. Así vamos creando unas parcelas especiales, unos mundos pequeños en los que nos encontramos unos con otros y que disfrutamos todos por igual.

Hace ya mucho tiempo que el niño y yo acordamos tácitamente el reparto de tareas: Él elige dónde comemos, si tomamos café o no y si nos trasladamos en autobús, taxi o a pie. Mi parte es decir que sí a todo y pagar cuando sea preciso.
Hoy nos ha tocado comer pescado, tomar café (yo) y tarta de chocolate con plátanos (él)  además de viajar en taxi. Mientras comíamos hemos charlado, gastado bromas y, como todo los miércoles, nos hemos reido mucho.
Lo mejor de toda la tarde ha sido descubrir la decoración navideña que ya está en los escaparates y colgando entre los edificios de la zona peatonal. Después de ello ya no ha dejado de hablar de fuegos artificiales, uvas, San Nicolás y nieve. Si tuviera que resumir el concepto de "Navidad" que tiene mi hijo con esas palabras sería suficiente. Lo que más le gusta de esas fiestas son los fuegos de la noche de fin de año y considera las uvas como el paso necesario para llegar a ellos. Ni siquiera los regalos que le traen Santa Claus y los Reyes Magos le parecen tan interesantes como esas luces coloreadas y ruidosas ascendiendo e iluminando el cielo.

A patir de esta semana y durante un mes no tendremos otro tema de conversación. Las palabras "fuegos"y "luces", los nombres de los colores, las reproducciones casi perfectas del sonido que hacen los cohetes al subir y explotar, se van a convertir en las más pronunciadas los próximos treinta y siete días, así que nuestra cita semanal se transformará en la cuenta atrás hasta el fin de año.
Cuando volvimos a casa estaba tan agotado que apenas le dió tiempo de comer  algo y ducharse antes de caer sobre la cama y quedar dormido.

Le miré durante un rato, porque no hay nada más bello que un niño durmiendo. Esa imagen devuelve la fé en el ser humano.

Durmiendo, claro, porque cuando están despiertos es otro cantar. Pero de eso ya hablaré en otra ocasión.

lunes, 21 de noviembre de 2011

Giulia

Lo primero que llamaba la atención eran sus ojos, de un azul intenso, como el del cielo en los días despejados y luminosos del verano. Su rostro, enmarcado por un cabello del color del trigo y rizos recogidos siempre en una coleta sobre la nuca. Su cara era tan linda que mirándola uno se olvidaba de la silla de ruedas en que se sentaba y de la discapacidad que provocaba, entre otras cosas,  el que apenas pudiera hacer nada sin ayuda. Ni siquiera sabía hablar, pero ella se las arreglaba para comunicarse, pese a todos los incovenientes, y lograba hacerse entender.

Cuando yo visitaba el colegio solía tomar mi mano derecha y, tras confirmar que su reloj favorito estaba allí, me lo hacía quitar para jugar con él hasta que me marchaba de nuevo ¡Y menudo enfado sentía si llevaba el "equivocado"! Tenía que ser el de la correa roja que, teniendo en cuenta lo que hacía con él, debía tener mejor sabor que los otros. Siempre me lo devolvía lleno de babas e imposible de colocar en la muñeca hasta muchas horas después.

No le gustaba jugar con los otros niños porque eran demasiado ruidosos y se movian con excesiva rapidez, así que escogió como compañero a Yago, que en ese aspecto era de su misma opinión. Se sentaban cerca el uno de la otra, sin hablarse más que cuando era imprescindible. Podían pasar horas así: Jugando cada uno de ellos a sus juegos privados, pero muy cercanos.

Este curso tuvieron que separarse porque la niña debía ir a otro centro, donde recibiría las atenciones específicas que necesitaba, así que el niño volvía del colegio cada día preguntando cuándo volvería su amiguita. Para calmarle un poco le explicamos que ella tenía que ir a otro lugar, donde aprendería cosas nuevas y que algún día quedaríamos con ella para merendar juntos y que nos contase cómo es la nueva escuela.

Ya no tendremos la oportunidad de encontrarnos con ella y su mamá. Ahora solo podemos despedirnos y desear que de verdad haya un cielo. Que sea cierto que las almas puras se convierten en ángeles y no vuelven a sentir dolor ni tienen discapacidades de ningún tipo. Porque nuestra pequeña amiga acaba de morir.

Se llamaba Giulia y tenía doce años.