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jueves, 19 de septiembre de 2013

El duende va al colegio


Spessart. El bosque que hay junto al colegio del
duente
El comienzo del curso escolar me encuentra (una vez más) expectante en lo que al horario del duende se refiere. Su costumbre de no dormir más que unas pocas horas diarias y el que estas no coincidan con la noche, me preocupa, pues entiendo que no descansa lo suficiente. Al duende no parecen afectarle ni mi preocupación, ni la falta de sueño.

Tal vez debería especificar “mí” falta de sueño, porque él no muestra el menor indicio de cansancio. Sigue reorganizando los muebles periódicamente, baila toda la noche, come, bebe; disfruta, en fin, de su vigilia sin prestar atención a mis ojeras ni a mis quejas.
Se acuesta lo más tarde posible, duerme cinco o seis horas y se
Música. Esto sí le gusta
despierta, fresco y renovado, a las dos de la mañana. Me busca para que le ponga un desayuno o se lo sirve él si no me encuentra; vuelve a su cuarto, pone música y decora el dormitorio, haciendo tiempo hasta la hora del segundo desayuno, como si más que un elfo fuese un hobbit necesitado de varios desayunos diarios. Tras tomarlos se va al colegio donde, de algún modo que aún no he llegado a explicarme, logra pasar la jornada completa (¡siete horas!), sin cerrar los ojos ni por unos minutos. Vuelve a casa, merienda, descansa una o dos horas, cena (no para de comer en todo el día: pienso que es por efecto de su lado hobbit, como comentaba) y se va a la cama. Luego todo vuelve a empezar.

Esto suele ocurrir en los días que el duende considera normales y que son aquellos en que todo está como debe. A veces se produce un cambio en la vida familiar, sobre todo cuando el “maromen” no está en la casa. En esos días el Pequeño Ser se transforma en un mochuelo y permanece toda la noche despierto, esperando a que todo vuelva a colocarse en su lugar. Me pregunto si lo que le altera tanto será la ausencia de la mitad de su “público” o si realmente su dependencia del “maromen” es tan intensa como parece.

El colegio. Esto no le gusta tanto.
El primer día de clase le pareció bien. Volvió contento del colegio y con ganas de regresar a él. El segundo día fue otro cantar. Aceptó ir hasta la escuela, pero al llegar a casa me dijo:
- He ido dos veces al colegio. Ahora vamos a “casa-casa-playa” (así llama siempre a sus casas: casa-casa-XXX, poniendo en el lugar de las equis una palabra que la diferencia de las otras “casa-casa”).  
Yo también hubiera pedido lo mismo, si alguien me hubiese preguntado.

No le importa ir al colegio los martes, porque tiene deporte y hogar. Los jueves también le parecen bien, que son los días en que recibe clase de música, artes plásticas y baile. Los demás días, con sus horas dedicadas a las matemáticas o el alemán le resultan algo más tediosos y ni siquiera la presencia de sus amigos, a los que tanto añora durante las vacaciones, le compensa de los ratos que ha de pasar escribiendo o contando. Hace tiempo que llegó a la conclusión de que un duende cuyas principales aficiones son el baile y la decoración de interiores, solo necesita aprender qué pasos son los adecuados para acompañar cada ritmo o cuál es el mueble más apropiado en un dormitorio, y actúa en consecuencia. Creo que tiene razón. Lo más importante en la vida es disfrutar de lo que hacemos,  aunque ello signifique renunciar a cosas tales como la tabla del 8 o los cuatro casos de la gramatica alemana, por ejemplo.

De momento ha decidido ir al colegio sin renegar mucho, porque están preparando la fiesta de Halloween, que es una de sus
favoritas. En realidad cualquier fiesta en que pueda disfrazarse le parece bien, aunque muestra poca imaginación para escoger su traje: payaso o pirata, preferentemente el primero. Pintar su cara de blanco, colocarse la nariz roja y llevar un pantalón enorme y de colores vivos, es una de sus grandes aficiones. Creo que le gustan los piratas por el pantalón de rayas, pero pierden mucho en su estima al llevar un maquillaje tan discreto. No se puede comparar un triste bigote o una cicatriz pintada en la mejilla con esa maravilla de rostro enharinado.

Las dos de la mañana. Primero llegó el sonido de la música, luego el ruido de pasos en la escalera. Unos ojos rasgados como los de un chinito me miran desde el hueco de la puerta. Se me acerca una mano portando un vaso vacío y, sin palabras, hace un gesto pidiendo que lo rellene. Dentro de unos minutos el propietario de la mano y los ojos pedirá el primer desayuno.

Empieza un nuevo día y el duende se prepara para ir al colegio.

domingo, 15 de septiembre de 2013

Feliz año nuevo



Adios, playa
Se acabaron las vacaciones y casi también el verano. Los primeros frutos del otoño empiezan a estar en su punto, algunos árboles se visten de rojo y dorado, las noches se vuelven más frescas y el mundo comienza a funcionar después del parón veraniego.

El año pasado por estas fechas me preguntaba por qué no celebramos el comienzo del año este mes*, puesto que es la época en que renacemos a la vida cotidiana. Este año no me pregunto nada más: me limito a celebrar a mi manera el nuevo año.

Lo primero que he hecho ha sido salir de compras. Libros, carpetas, lápices, ropa y zapatos deportivos... Material escolar que se acumula en la mochila y un par de bolsas más, esperando a ser estrenado en los próximos días y ropa nueva que va rellenando los huecos que deja la que ya no puede ser utilizada debido a que su propietario ha vuelto a crecer.

Lo segundo ha sido cocinar mi primer estofado tras las comidas veraniegas. La frescura y el color del gazpacho y las ensaladas han cedido el paso al monótono marrón de unas lentejas que, pese a lo aburrido de su aspecto, han sido muy bien recibidas por los comensales. Quizá las echaban de menos ¿quién sabe?

La rutina a la que hemos regresado tiene algo a su favor: es tranquilizadora. Cuando el espíritu está
todavía triste por las despedidas tras las vacaciones y lleno de nostalgia por lo que
Recogiendo la cosecha
dejó atrás (los aromas familiares, los paisajes cercanos, las personas amadas), repetir los gestos acostumbrados actúa como un bálsamo, suavizando esos sentimientos hasta hacerlos desaparecer.  Por eso celebro mi nuevo año volviendo a las prácticas que me son habituales. Vuelvo a matricular a los estudiantes en sus respectivas escuelas, compro material escolar, cocino las comidas tradicionales... regreso, en fin a la rutina, porque a veces la mejor celebración consiste en no hacer nada especial. O que lo más especial que hagamos sea retornar al refugio de los hábitos que hemos ido creando a lo largo de nuestra vida.



Nos deseo a todos un feliz año nuevo y me despido del verano, las vacaciones, la playa, las comidas coloristas y el calor de los seres queridos que han compartido esos días. En su lugar doy la bienvenida al otoño, el hogar, las sopas y estofados, las clases, el estrés, los madrugones... y me consolaré pensando que ya queda menos para el próximo verano.

Empieza otro año.



* http://akreysa.blogspot.de/2012/09/ano-nuevo-en-septiembre.html

jueves, 6 de septiembre de 2012

Año nuevo en septiembre


¿Por qué no celebramos el Año Nuevo en septiembre? El primer día de enero es un día tonto para comenzar el año. Está en medio del invierno; la naturaleza anda aletargada; las personas van a trabajar el 30 de diciembre y vuelven a sus tareas el 2 de enero, sin cambiar nada, sea en sus costumbres, su indumentaria o su régimen alimenticio. Septiembre, por el contrario, es un mes que marca cambios profundos. Los frutos están en sazón y ya pueden ser recolectados, los días se acortan y refrescan, acaban las vacaciones, comienzan los exámenes escolares, luego las clases y todos abandonamos la lasitud del estío.

El noveno mes del año debería ser el primero, porque marca realmente el comienzo de una nueva etapa en nuestro recorrido por el año. Empieza el curso escolar, laboral y vital. Solemos comenzar el mes comprando: botas de goma para los días lluviosos, una chaqueta de algodón o lana que pronto necesitaremos; libros, cuadernos, babis, una mochila nueva para el cole; una cura para el cabello, martirizado por el sol, la arena y el agua salada o el cloro y una nueva crema hidratante que promete suavizar la piel mientras ayuda a conservar el moreno adquirido durante el veraneo.

Nuestra mesa vuelve a llenarse de legumbres, estofados, sopas. Esas comidas que nuestras abuelas denominaban “de cuchara” y que nos ayudan a recuperar la energía que perdemos con el retorno a las tareas y el inicio del frío. Los armarios se vacían de bañadores, vestidos de algodón o camisas de manga corta y se llenan de mullidos jerseis de lana, rebecas y calcetines. Para rematar los cambios en el paisaje hogareño, comenzamos a cerrar las ventanas al caer la tarde, a colocar alfombras que suavicen la frescura del suelo y en los fruteros comenzamos a colocar las primeras manzanas y los últimos higos.

Los buenos propósitos para el nuevo año son tan abundantes ahora como en la noche de San Silvestre. Nos proponemos hacer más ejercicio, perder los quilos ganados en comilonas y siestas veraniegas, organizar mejor nuestros días o, simplemente, estudiar en serio que este año sí que he de aprobar todo a la primera.

El año oficial se equivoca en las fechas. El 1 de enero será festivo, pero no es el primer día del año real. El verdadero comienzo del nuevo ciclo llega unos días antes del inicio del otoño, en septiembre y viene tan cargado de cambios y proyectos que no hay otro momento en todos los once meses restantes que muestre semejante carga de vida, así que, repito mi pregunta ¿por qué no celebramos el Año Nuevo en septiembre?




Fotos:
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