De nuevo una encrucijada en mi vida.
Si realmente son nuestras elecciones las que que nos definen yo debo ser una balanza, porque paso la vida sopesando pros y contras que luego necesitaré para tomar la decisión correcta. O la incorrecta, que al final uno no sabe nunca si ha resuelto adecuadamente.
Lo bueno de determinarse por uno u otro camino es que podemos dedicar todas nuestras fuerzas a recorrerlo del mejor modo posible y sin mirar atrás, que a mí el juego de “lo que pudo haber sido y no fue” me ha aburrido siempre. Lo malo es que el acto de elegir implica siempre un abandono, así que no hay otro remedio que pensarlo bien para estar lo más seguros posible de que no hemos dejado lo imprescindible a cambio de lo fácil.
En este caso concreto no hay ruta más sencilla o más cómoda: las dos presentan dificultades serias; las dos pueden traer alegrías y penas; las dos ofrecen posibilidades felices y momentos desgraciados. Si tomo un camino estaré haciendo algo que deseo, pero que requiere una atención estricta y permanente, tendré que dejar al márgen otras ocupaciones y hacerlo sin garantías de éxito; si escojo el otro seré mucho más libre, podré dedicarme a esas otras tareas que también tienen su importancia y vivir mucho más tranquila.
Lo habitual es oir que debemos hacer algo por nosotros mismos, que si no nos sentimos a gusto en nuestro mundo, en nuestra piel, no podemos hacer felices a los demás, que “la caridad bien entendida empieza por uno mismo”... pero no es del todo cierto. Hay ocasiones en que la entrega a los demás colma con creces nuestras vidas y otras en que debemos ubicarnos en primer lugar si queremos sentirnos llenos. Y eso es lo que enmaraña la situación: el decidir a qué clase de problema nos enfrentamos y cómo solucionarlo.
De hecho la primera parte del camino ya está recorrida en una dirección, pero este trecho ha traido bastante sufrimiento personal y pocas satisfacciones profesionales. Ha tenido sus cosas buenas, incluso muy buenas, pero las malas pesan mucho y me siento muy cansada: sin fuerzas para cargarlas ni ganas de arrastrarlas, solo me planteo el dejarlas al borde del camino y desviarme en el próximo cruce.
No se debe tomar una decisión cuando aún no se han enfriado los sentimientos, por eso espero el momento propicio. De momento la balanza está bastante igualada, esperando esa gota, esa partícula que le haga inclinarse en una u otra dirección.
Aguardo ese grano decisorio sabiendo que vendrá cuando y por donde menos lo espere y siendo absolutamente consciente de que, al menos en este caso, dejar una de las rutas me va a costar mucho sufrimiento, muchas lágrimas y muchas despedidas definitivas.
Claro que la vida es eso, a fin de cuentas: un contínuo sopesar y despedirse.
Fotos:
123rf.com


