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miércoles, 26 de diciembre de 2012

Nostalgia


Las Canteras. Belén en la arena de la playa
en la Navidad del 2005
Ya es Navidad, ahora sí. La Nochebuena pasó entre comida y regalos. Comida ligera, que no hay porque exagerar y regalos adecuados al carácter de cada uno, por lo que han sido bien recibidos y mejor agradecidos. Ahora, en la tarde del día 25, solo nos queda relajarnos (por unos días) y seguir disfrutando de la familia, que es lo más importante de todo.

Esa es la razón de que incluso ateos, agnósticos y, en ciertos casos, creyentes de otras religiones celebren esta fiesta: la familia. Este festejo no tendría razón de ser sin ella.

Familias hay de muchos tipos: las tradicionales, con padres e hijos; las grandes, que incorporan abuelos, tíos, primos e incluso algún vecino o amigo de toda la vida; las pequeñas, formadas por matrimonios sin descendencia, un padre o una madre sin pareja y con algún retoño; las tipo puzzle, en la que unos divorciados se unen entre sí,  aportando ambos sus propias proles... Lo que convierte en familia a un grupo de personas es el hecho de compartir penas y alegrías, así como las ganas de hacerlo, mucho más que la consanguinidad. Si los genes fuesen tan importantes no llegaríamos a cogerle cariño a suegros o cuñados, por ejemplo, ni pasaríamos años sin hablar con ese tío antipático o el primo patoso al que tomamos tirria de niños.

La mía es muy grande y, pese a los kilómetros que nos separan, estamos en relativo contacto. En el peor de los casos olvidamos la llamada de cumpleaños correspondiente, pero hay un día que no se nos olvida nunca y es,  precisamente, este.

Baifo en adobo, papas arrugadas
y otras delicias
La llegada de este día nos empuja irremediablemente hacia el teléfono, donde aprovechamos para recordar aquellas otras fiestas navideñas que celebrábamos juntos. Evocamos aquella casa, que nos parecía enorme porque nosotros éramos muy pequeños, en lo alto de los riscos, al lado de la playa. Recuerdos de un hogar que olía a cabrito en adobo  (baifo, como se dice por allí) y papas arrugadas; de colchones que entorpecían el paso, cubriendo la superficie de varias habitaciones; de primos vestidos todo el día con un bañador y por la noche con un pantalón corto y camiseta; de la abuela dando órdenes a todo el que se ponía a tiro; de mujeres parloteando en la cocina y hombres poniendo las mesas (una para los adultos y otra para los niños).

Turrón canario
El tiempo fue pasando y, aunque nosotros nos fuimos a vivir a un lugar alejado de la casa, seguimos reuniéndonos al llegar la Navidad, hasta que uno de nosotros (no recuerdo quién, ni tampoco importa) faltó a la mesa. Después del primero fue más o menos fácil continuar con el extrañamiento. Comenzamos a celebrar otras fiestas, con otros aromas. Cambiamos el cabrito por el cordero, las papas por marisco; trajimos caras nuevas y nos despedimos definitivamente de algunos. Poco a poco nuestro contacto se convirtió en un par de llamadas anuales o alguna que otra carta. Nuestra abuela nos mantuvo unidos e informados de las vidas de los otros, hasta que faltó. Entonces las madres tomaron el relevo en cuanto al traslado de información. Luego fueron los de su generación los que empezaron a darse “de baja”, llevándose con ellos algunas direcciones y teléfonos, así que sus hijos nos movemos en un círculo familiar aún más estrecho, en el que solo quedan los parientes más queridos, pero aún lleno de ese lazo que llamamos “recuerdos comunes”.

Este año el perímetro se ha ajustado otro poco, con alguna pérdida definitiva y un par de direcciones extraviadas. Las llamadas han sido menos, las risas han disminuido en número y los momentos de soledad han ampliado su parcela. Las lágrimas de emoción han dado paso a las de tristeza y las sonrisas de los niños ya no dejan más que un rescoldo, donde antes había llamas. Ya no quedan apenas personas con las que compartir nuestras memorias, sea por fallecimiento o por simple desaparición. Ya no tenemos tantas personas con quienes evocar el enorme Belén, las guirnaldas decorando el dintel de la puerta, la función de Navidad, los villancicos entonados al son de guitarras y timples. Nos hemos alejado hasta quedar solos, porque quien no tiene familia, no tiene nada. Ahora solo nos queda una llamada telefónica para acercarnos a los seres queridos.  Mientras tanto, nos entretenemos escribiendo una entrada para un blog, por tener alguien con quien charlar.
 
 
Fotos

lunes, 2 de abril de 2012

Cumpleaños de Hans Christian Andersen

La reina de las nieves, El patito feo, El ruiseñor, El soldadito de plomo, El vestido nuevo del emperador, La sirenita, Pulgarcita, La princesa sobre el guisante, La cerillera, La Pastorcita y el deshollinador... todos estos cuentos y otros muchos más se deben a la pluma de Hans Christian Andersen, nacido en Odense (Dinamarca) tal día como hoy del año 1805.
Su infancia fue probablemente dura. Hijo de un zapatero empobrecido y una madre alcohólica, es de imaginar que su niñez no sería feliz, pero luchó hasta  terminar sus estudios universitarios y acabaría convirtiéndose en el autor más importante de Dinamarca. Tanto, que el símbolo más famoso de Copenhage y, por extensión, de todo el país, es esa pequeña escultura que representa a una sirena, personaje protagonista de uno de sus cuentos.

Los cuentos de Andersen son muy diferentes de los de los hermanos Grimm: incluso los más alegres tienen algún punto de nostalgia o de tristeza. Muchos tienen finales que no se parecen en nada al “...y vivieron felices, por siempre jamás”. La cerillera, muere; el soldadito de plomo acaba fundido; la sirenita se diluye en la espuma de mar... Quizá sea que la vida con sus padres le marcó más de lo que parece.

Lo que me parece innegable es que son cuentos únicos, contados muchas veces desde la perspectiva del niño, no de la del adulto como era costumbre hasta entonces, lo que hace que los pequeños los disfruten con deleite.

Una vez más debo agradecer a mi padre el haber conocido a Andersen muy pronto. Él tiene en casa una colección en dos tomos de aquellos antiguos, encuadernados en piel y escritos en finísimo papel de pergamino que, como siempre, se me permitió leer desde pequeña. Cuando leía algo que me llamaba la atención, lo comentábamos. Tuvimos charlas muy interesantes sobre aquel niño enfermo a quien el Ángel de la Guarda recogía para llevarse al cielo, o la cerillera, que moría intentando calentarse con el fuego de sus cerillas: yo pensaba que eran finales tristes, pero mi padre me explicó que en esa época la muerte se consideraba una liberación, en ciertos casos, además de algo bello y poético. Hablaba,  por supuesto, del Romanticismo, aunque ese nombre no lo aprendí hasta algo más tarde.

Otros me resultaban más agradables de leer y no me dejaban con un nudo en el estómago al acabarlos. Me reí mucho a costa de la broma que le gastaron a aquel emperador presumido y me encantó que el patito feo fuese, al acabar la historia, el más bello de todos los cisnes.

Hoy, en el aniversario del nacimiento de Andersen, quiero darle las gracias a los dos: al uno por escribir esos cuentos tan maravillosos; al otro por dejarme leerlos y por explicarme lo que no entendía.

Y aquí dejo un enlace, con uno de los cuentos de Andersen que siempre entendí:
 http://blogs.diariovasco.com/cuentameuncuento/2005/04/11/absolutamente_cierto/