He estado unas semanas sin escribir, pero leyendo mucho, sobre todo la prensa y navegando por la red. Una y otras me han dado cosas en las que pensar.
Las noticias pasan de la seriedad a la intrascendencia con la misma
celeridad con que lo hace la vida misma. Junto a las cuestiones más
preocupantes aparecen otros titulares que dan risa (cuando no provocan
indignación) por su insignificancia o por la excesiva e inmerecida relevancia
que se les otorga. El nombre de Ucrania o de Siria; el desempleo y los
políticos corruptos; los crímenes como estafas o asesinatos comparten portada
con el último anuncio de Desigual, la Liga de Campeones y el día de Star Wars
(4 de mayo, coincidiendo este año con la celebración española del Día de la
Madre).
Las novedades gratas me hacen sonreír y las neutras, que también las hay,
las leo pasando apenas la vista sobre ellas y sin que dejen en mi ánimo el más
pequeño recuerdo.
Los sucesos tristes (guerra, corrupción, miseria económica y moral) me
afectan como a todos. Desearía que no se dieran y me gustaría tener la varita
mágica que arrancase para siempre el mal.
Como no la tengo hago lo que puedo: me preocupo por el medio ambiente, no
voto a quien no considero adecuado para gobernar y dedico mi vida a atender a
quien me necesita, a despecho de las atenciones que debería dedicarme a mí
misma. No es que ninguna de estas cosas vaya a cambiar al mundo, pero al menos
este tendrá una mancha oscura menos, aunque sea casi imperceptible de tan pequeña.
No creo que hacer lo correcto deba ser premiado, así que no pido
recompensas ni palmadas en la espalda o aplausos por mis acciones. Sí me
gustaría, en cambio, que se respetara mi derecho a ser superficial de vez en
cuando.
Los que no hacemos permanente campaña política en las redes o no convertimos
cada mensaje en un clamor pro derechos sociales debemos ser respetados tanto
como los que sí lo hacen. Para algunas personas esos lugares de comunicación
son un sitio al que acudir para encontrar a los amigos y parientes que tenemos
más lejos y no una plataforma reivindicativa a tiempo completo. Al menos no
siempre, porque todo tiene sitio en este mundo virtual, por supuesto.
En otro orden de cosas, aprovecho para decir que tampoco tenemos porqué
compartir cada entrada que cuelgan nuestros conocidos, por mucho que lo pidan
(si hay algo que odio son los mensajes que dicen eso de "sé que muchos no
compartirán, pero si eres mi amigo lo harás"). Me niego a compartir frases
escritas por el iluminado de turno y que siempre que las leo me recuerdan a
aquel tatuaje que decía "amor de madre" porque no sé qué pretenden,
igual que jamás entendí el sentido de llevar esas tres palabras sobre la piel.
Después de una jornada de trabajo duro, noticias tristes (terribles,
algunas veces) y luchar contra la sociedad, la política y los vecinos, quiero
un motivo para sonreír. Entiendo al desempleado que por la noche se sienta ante
la tele a disfrutar del fútbol, porque será un rato de asueto tras todo un día
de confrontar la cara más gris de la vida. Nunca comprenderé, en cambio, a
quien le critica, esa gente que escribe mensajes tipo "hay x-mil parados,
pero lo único que le importa a la gente es el anuncio de Desigual", sin
pensar que probablemente esa persona sea un parado más, viva en su casa solo
unas semanas o días porque ya le llegó el aviso de desahucio y al día siguiente
comerá gracias a su madre, suegra o vecina. ¿Quién dio a algunos el derecho a
juzgar a los otros, aún sin conocerlos de nada? ¿Qué hace pensar a unos cuantos
que ellos sí están comprometidos socialmente y los otros no? ¿Colgar un chiste en el que se
hace burla de una nueva ley o se critica a un político convierte a alguien en
un gran luchador?
También hay gente muy activa, políticamente hablando, que suben sus
mensajes y van a manifestaciones, escriben cartas y mueven a la gente, pero
curiosamente estos no suelen criticar a nadie. Suele suceder que quien más se afana por los demás, es también el más discreto y respetuoso.
La comunicación se ha ampliado: recibimos las noticias en tiempo real (o
casi); charlamos con los parientes que dejamos en el hogar, al otro lado del
mundo; tenemos en nuestras manos las herramientas para acercarnos a los
desconocidos, conocer sus costumbres, aliarnos con ellos y crear nuevos amigos,
pero las usamos solo para dar nuestra opinión, "soltar nuestro rollo"
sin escuchar al otro, sin interesarnos realmente por él, salvo para lograr que piense como nosotros o que no piense.
Y es que entre las cosas que hemos dejado de usar (además de los buenos
modales o la correcta ortografía) se encuentra la más importante: el respeto a
los otros. Sin él, estamos perdidos.