lunes, 24 de noviembre de 2014

Mi sentido del humor y la industria juguetera

Digo yo que debo estar perdiendo el sentido del humor, porque cada día me cuesta más aguantar tonterías y últimamente veo tantas que casi voy perdiendo las ganas de sonreír.

Barbies: nada reales, pero útiles para usar como arpón.
Demostrado por un pequeño duende.
Una de las últimas ha sido la muñeca "más cercana a la realidad", de cintura ancha, un par de kilos extra, como suelen tener las niñas que aún andan a mitad de camino entre el bebé que fueron y la adolescente que serán, y  un aspecto variable en la "normalidad", gracias a una colección de pegatinas que simulan granos o estrías.
Dejando a un lado el hecho de que las niñas de ocho años no suelen tener estrías y de que el acné no hará su aparición hasta un par de años más tarde, esas muñecas me parecen una aberración. 

Vamos a ver, señores genios del noble arte muñequil: una muñeca es un juguete. Puede recordar a un bebé o a una modelo, a una flamenca o una rusa, a un campeón de natación o a un buceador. Puede medir veinte centímetros o cincuenta; vestir un elegante traje de fiesta o la práctica impedimenta de un buzo pero siempre es un juguete.

Su función, como la de cualquier otro  es la de entretener y hacer que el niño se integre en el mundo adulto poco a poco, sin traumas y disfrutando en el proceso. Deben servir también para activar la imaginación del niño, convirtiendo el juego en un apoyo al desarrollo cognitivo de la criatura o, lo que es lo mismo, de su capacidad para procesar información a través de procesos como el aprendizaje, el razonamiento, la memoria, la toma de decisiones, etc. 

Todos coincidimos en afirmar que estas competencias se adquieren mejor jugando con
La moderna Nancy. Irreal, como debe ser.
una caja de piezas de Lego que viendo la televisión. Si es así, ¿qué ha hecho pensar a alguien que un niño aprenda más de una muñeca con acné que de otra de aspecto andrógino y curvas imposibles? ¡Ah, no! Es que no se trata de educar al niño, sino de que las niñas aprendan que se puede ser guapa siendo gorda y teniendo estrías.
La idea no es en absoluto crear un juguete educativo, ni siquiera uno que entretenga, la idea es que la niña aprenda desde el primer día que lo importante es el cuerpo. No el cuerpo delgado y deforme de una Barbie, sino el de la gente "normal", claro, pero siempre el cuerpo.

El intento de dar esa pátina de cotidianidad a una muñeca podría quedarse en una anécdota más o menos divertida, si no fuera por ese tufo sexista de dirigir la enseñanza solo a las niñas y por la estupidez de considerar a los críos tan tontos como para no ser capaces de descubrir por sí mismos que la esbelta muñeca o el rechoncho bebé no se parecen en nada a su vecina del tercero ni al hijo recién nacido de esta. 

Siempre pensé que justo esa es la intención: que recuerden, no que se asemejen; que su parecido sea suficiente para que el niño lo ubique en su mundo con un cierto tino, pero no tanto que se limite a trasladar la realidad al cuarto de juegos en detrimento de la imaginación.

Por cierto: esto solo afecta a las muñecas tipo Barbie. Nadie ha planteado aún hacer un Geyperman con tripón cervecero y barba de dos días, por mucho que los hombres "normales" se asemejen más a eso a que a los muñecos de esa marca, aunque seguramente sea porque estos muñecos son "de chico".

Creo que esta lucha por situar a ambos géneros en puntos paralelos del mapa se nos está yendo de las manos. Lo que debía ser una lucha legítima se está transformando en un esperpento.

Se ataca al lenguaje por considerarlo sexista y acabamos soltando una perlas dignas de
¡Anda que como las niñas imiten a estas y se pongan
a morder a los vecinos!
una nueva edición de la Antología del Disparate ("Queridos y queridas vecinos y vecinas: estamos aquí reunidos y reunidas por el motivo, o la razón, de...") y ahora se ataca a las muñecas (y muñecos)  por su aspecto físico (irreal, absurdo, como debe ser un juguete) para proporcionarle otro aspecto físico, supuestamente realista. 
La idea de que el niño toma a su muñeca y le hace subir hasta lo más alto del Aconcagua (en ese momento sospechosamente parecido a la mesa del comedor) enganchada al cordón de una bota y haciendo sentir al jugador como el montañero experimentado que en ese momento es, no se ha planteado en ningún momento. 
Que al niño le importe un bledo el aspecto de su muñeca, porque él la ve con los ojos de su fantasía, le importa un pito a los creadores de juguetes. Que el jugador no sea una niña, sino un niño, ni se la plantean, pero pese a todo, pese a no ocuparse del crío en ningún momento, pese a no interesarse por sus necesidades reales ni por la función del juguete, tratan de vendernos la idea de que lo hacen por el bien de la humanidad y la paridad de géneros.

Pues no cuela, señores. Sabemos que solo quieren fama y dinero y que nuestros hijos no les importan en absoluto. Dejen el apostolado para la escuela dominical y devuélvannos los buenos viejos juguetes. Hagan muñecos gordos y flacos, chinos y franceses, con acné o con embarazos. Creen uno en silla de ruedas y otro con Síndrome de Down, los compraremos, pero solo si nos los piden nuestros niños y no para apoyar ninguna lucha (económica) de ustedes.
Yo empecé la mía hace muchos años y la redondeé cuando compré a mi hija su primer coche teledirigido (porque ella me lo pidió) y a mi hijo su primera muñeca (porque él la quiso) y me consta que son muchos los padres que han actuado igual, muchos años antes de que vinieran ustedes a hacer dinero a costa de nuestro deseo de igualdad para todos.

Cuando se empezó a hablar del lenguaje "políticamente correcto", sonreí; cuando salió la primera muñeca que comía y defecaba, sonreí. Ya no sonrío. Como decía antes, debo estar perdiendo el sentido del humor..



Mientras tanto, en algún lugar de la católica Polonia, un alcalde prohíbe esculpir a Winnie Pooh, porque va semidesnudo y es un mal ejemplo. Ya hablaremos de esto también.


Artículo sobre la muñeca "normal":
http://www.diariosur.es/gente-estilo/201411/21/lanzan-mercado-muneca-normal-20141121132822.html


Fotos:
periodistadigital.com
teinteresa.es

articulo.mercadolibre.com.ar

domingo, 2 de noviembre de 2014

¿Viejo? ¡Eso nunca!

Siendo una niña hice planes para el futuro. Pese a desconocer la palabra, fui capaz de crear un organigrama con aquellas cosas que sería y obtendría al llegar a esa parte incierta del futuro que llamamos "cuando sea mayor".
Sabía cómo viviría y dónde; los hijos que tendría; el tamaño de mi biblioteca y los libros que la formarían. 
Solo una cosa quedó fuera de la lista porque, conscientemente y con la misma determinación, decidí no ser nunca vieja. Cumpliría años, peinaría canas y hasta me arrugaría, pero nunca sería vieja, solo mayor.

En mi mente infantil había una diferencia enorme entre ambos conceptos. "Viejo" era lo inservible, lo roto, lo agrietado. "Mayor" significaba tan solo "tener más años que..."
Conocía gente muy vieja que apenas contaban unos pocos años de vida, mientras que otras eran mayores, pese a andar de camino a completar el siglo de vida.
Sus arrugas no eran grietas, ni síntoma de deterioro. Eran más bien la prueba de que habían vivido, llorado, reído. Aún estaban en ello, disfrutando de su tiempo de descanso tras los años trabajados. Se rodeaban de familia a la que contar historias y anécdotas; cocinaban para los hijos y los nietos, convirtiendo un día cualquiera en festivo; viajaban, iban al teatro, gozaban de sus horas con más intensidad quizá que cuando eran algo más jóvenes.

No sabía entonces que la única forma de hacerse mayor, en lugar de viejo, es quedarse metafóricamente sordo.

Mayor, pero no viejo
Al principio cuesta un poco cerrar los oídos, pero hay que aprender a hacerlo, porque de lo contrario perderíamos de vista el propósito de no envejecer.
Esa primera vez en que vas por la calle y te ceden el paso diciendo "deja pasar al señor/a la señora", es una puñalada en el alma: "¿señor/señora? ¿yo? ¡qué dice este loco!" 
Si te sorprende mucho, corres buscando el primer espejo que puedas encontrar y te miras en él, descubriendo que eres justo lo que te han dicho: un señor o señora. Tienes unas incipientes bolsas bajo los ojos, la piel se ve algo cenicienta y hasta te parece ver un par de hilos de plata asomando entre tus cabellos. Todo ello es producto (lo sabes bien) de no haber dormido mucho por culpa del trabajo y las preocupaciones. No tiene nada que ver con tu edad, si apenas tienes cuarenta años, ¿cómo va a ser por eso?
Sigues tu camino y en cuanto ves al primer conocido de confianza, le cuentas lo que te han dicho, entre risas y bromas. Tu conocido, que es amable, te aprecia y tiene más voluntad que cerebro, te dice, muy cariñosamente: "¡Qué torpeza! ¡Pero si estás estupendo para la edad que tienes!"
Si eres una persona con una cierta tendencia a la grosería, el exabrupto y la escatología, lo primero que te viene a la mente es algo así como "¡mierda! Acaba de llamarme decrépito, el muy xxxx. ¿Cómo que estoy estupendo para la edad que tengo? Estoy estupendo porque lo he estado siempre y lo seguiré estando dentro de muchos años, ¡que narices!"
Unos días después vas a una entrevista laboral. Quieres cambiar tu puesto de trabajo, ya que tienes la cualificación necesaria, hablas varios idiomas y además estás liberado de muchas obligaciones familiares que te impedían la entrega total al oficio que practicabas. Es una oportunidad excelente para cambiar de vida y quieres aprovecharla.
Vistiendo tus mejores galas, el pelo impecable, despliegas tus modales más exquisitos. Muestras tu maravilloso currículum, unas cartas de presentación en las que se te elogia como a un empleado modélico y conversas con el jefe de personal de la empresa dejándole asombrado con tu buen hacer y mejor saber... pero, no. No te contratan pese a tu perfil extraordinario, porque prefieren a ese otro candidato que tiene la mitad de tus conocimientos... y la mitad de tus años.

De vuelta a casa decides que no hay que darse por vencido. Te pondrás a estudiar y así no desconectarás del todo del mundo intelectual y laboral, al tiempo que crearás nuevas oportunidades. Empiezas con todo el entusiasmo que cabe en tu cuerpo y hasta olvidas que en los pupitres de los lados se sientan chavales de la edad de tu hijo más pequeño.

Lo olvidas, hasta que te lo recuerdan, por supuesto. Tal vez un familiar, un amigo, alguien que te
Cosas viejas
quiere y cuya opinión es importante para ti, al descubrir lo que haces te dirá eso de "haces muy bien. Hay que permanecer activos a todas las edades"; "es bueno tener algo con que entretenerse".
Otras veces son las organizaciones estatales o privadas, con sus ofertas de cursos y actividades "para la tercera edad" (frase de por sí bastante desagradable, a mi entender): "internet para yayos", "inglés para usuarios maduros", "tai-chi para una jubilación relajada", etc.
No recuerdo ya las veces que he sentido el deseo de entrar en uno de esos centros y preguntar si tienen algo de física cuántica o de literatura masai. Tampoco sé el número de veces que me he contenido por no querer escuchar una respuesta tipo: "tenemos cursos de física, pero solo para gente más joven."


Como decía antes: sordera. Es la solución. Cuando dicen esas cosas, no escucharlas, porque si escuchamos a los demás, sus comentarios asustan e invalidan. Cuando nos invalidan, nos rompen o, cuando menos, nos agrietan, y ya hemos quedado que las cosas inútiles, rotas y agrietadas son viejas y eso no estaba en mi organigrama infantil: nunca quise ser "vieja", solo mayor.





Fotos:

Faraj Singh, en eluniversal.com
Archivo de la autora

domingo, 13 de julio de 2014

Vivir cambiando de vida


Pinos, mar y arena: una cala.
Hubo un tiempo en que mi vida estuvo en orden. El presente era un refugio seguro y el futuro estaba previsto. Sabía que nada enredaría mi mundo, nada rompería lo que estaba hecho.
Vivía en Mallorca, en la capital, Palma, llamada Ciutat por sus habitantes, como si en el mundo no hubiera ninguna otra. En realidad no la había: al menos para nosotros era la única ciudad que existía. Nuestro hogar, el sitio más bello y grato del mundo.
Aún ahora, cuando ha pasado más de media vida ante mí, no puedo evitar una lágrima de nostalgia al pensar en la isla y me viene a la mente un torrente de palabras que quedaron escondidas en algún rincón de mi mente para evocar otro tiempo y hacerme llorar: Ca´n Pastilla, Dijous Bo, el Bosch y el Teatro Balear, para ir con los amigos; Forn des Teatre, Estudio General, Rincón del Artista, la biblioteca del ayuntamiento en la Plaza de Cort, para adqirir cultura o entretenerse con los compañeros de estudio; pan payés con sobrasada, arròs brut y empanadas de carne, para llenar el estómago dando, al mismo tiempo, placer al paladar.

Traté de escribir mi futuro como si este pudiera ser producto de mis decisiones. Entonces no sabía que no podemos conducir nuestras vidas si no pensamos en los que nos rodean y adquirimos conciencia de que sus circunstancias influyen en las nuestras. Era muy joven y dependía de mis padres, así que serían ellos los que marcarían mi camino, porque ya se sabe que quien tiene la bolsa es quien da las órdenes.

Un día llegó la noticia fatal: teníamos que irnos a otra ciudad, porque esa era la única forma de tener trabajo para mantenernos.  La nueva ciudad estaba a cientos de kilómetros de la nuestra, separada por una franja de mar y otra de tierra. Tan lejos...
El motivo de la marcha fue la compra de la compañía para la que trabajaba mi padre, que le obligó a tomar un puesto de trabajo en la otra ciudad, la que nunca sería Ciutat para mí.  Los resultados fueron los habituales en estas circunstancias: años de ajustarse a un salario bajo, abandono de los estudios para buscar un sueldo con el que colaborar al mantenimiento del hogar, desgarro y pérdida de ilusiones.

No fue ni bueno, ni malo, si atendemos a las consecuencias. El tiempo fue reorganizándolo todo; hicimos nuevos amigos, nos acomodamos en un hogar parecido al anterior y la familia continuó unida y luchando para prosperar. Llegaron buenos tiempos y días felices.


Ahora, años después, se cierra el círculo y, haciendo lo que le es tan frecuente, la vida nos devuelve al punto
La catedral de Palma
de partida. De nuevo la sombra del cambio radical e impuesto planea sobre nosotros. Esta vez es otra familia, la formada por la joven de entonces, quien mira al cielo esperando el día en que se desate la tormenta.
No hay tanta desesperanza, porque la lección del pasado no se ha olvidado: ahora sabemos que el sol vuelve a salir, tarde o temprano. Lo que si hay es una lágrima reprimida porque la herida del pasado, que creía cicatrizada, se ha vuelto a abrir y la niña de entonces asoma otra vez, con miedo al futuro incierto y, sobre todo, a escuchar a su hijo preguntándole, lo que ella un día preguntó a su padre: "¿cuándo volveremos a casa?" Porque, igual que ocurrió entonces, esa pregunta no tiene respuesta.







Fotos:
http://www.mallorca-reiseinformationen.de/
http://www.mallorca-eye.net/

viernes, 4 de julio de 2014

Ir con los tiempos

Una de las puertas del parque.
Hace años, siendo yo una niña de unos nueve o diez, viví una temporada en Madrid, donde teníamos un bonito piso situado en una zona privilegiada de la capital, porque con solo cruzar una calle podíamos disfrutar del Parque del Buen Retiro, el hermoso terreno verde que se alza en pleno corazón de la ciudad.
En aquellos tiempos tenía incluso un zoológico, la Casa de Fieras, que tiempo después se convertiría en un bello jardín dentro del parque, así que jugar en él y visitar a los animales fueron actividades que pude disfrutar muy a menudo.

El Retiro estaba lleno de atractivos para mí, que era una niña inquieta, dispuesta siempre a investigar cada rincón. Allí aprendí a reconocer las plantas, de la mano de mi padre que siempre estaba dispuesto a explicar alguna cosa, y también a patinar, con aquellos patines de la época, que consistían en unas plataformas metálicas, con ruedas y sujetas a los pies por medio de unos correajes de cuero. También fue allí donde recibí una lección que no he olvidado nunca y en la que hoy he vuelto a pensar.

El parque está cerrado con un muro que se abre cada pocos metros con unos portalones de hierro. Todos los días accedíamos al mismo por uno de ellos, junto al que se sentaba una anciana vendedora de golosinas.
Colocaba una silla plegable sobre la que aposentaba su tremenda humanidad, cubierta de ropas generalmente oscuras y un delantalito a cuadros. A su derecha, una gran cesta de mimbre mostraba todos sus tesoros: chicles, caramelos de menta y anís, regaliz (pero del bueno, de palo, ese que en Madrid llaman palodú o también palolú), piruletas y paquetes de cigarrillos abiertos, porque los vendía sueltos.

Me gustaba la mujer, aunque ella no hacía nada por ser simpática. Me atraía por su extraña forma de hablar: en lugar de "gracias" decía "Dios se lo pague" y llamaba "saci" a los caramelos de menta, pese a que esa era la marca y no el sabor. Una vez le cayó al suelo parte del contenido de la cesta y, al ayudarle a levantar las cosas, me dijo "que Dios te bendiga, niña mía". Quedé entre complacida y asombrada, porque solo había oído esa expresión en mi abuela y me pareció que debía ser muy anciana si hablaba como ella.
De entre todas sus locuciones había una que me dejó sorprendida la primera vez que la escuché. Fue al comprarle unos caramelos e ir a pagarle. Me pidió "dos reales".
Recuerdo que abrí la mano en la que llevaba el dinero y se la acerqué para que ella tomase el importe, porque no sabía qué me estaba pidiendo. Luego salí corriendo a buscar a mi padre para preguntarle por la solución a aquel arcano. Me explicó que un real era una moneda antigua, ya en desuso, que equivalía a cincuenta céntimos, aunque también había quien decía "dos reales" para referirse a la "media peseta" y "cuatro reales" si se trataba de una.

Así aprendí una cosa importante y es que hay gente que se aferra a las viejas costumbres porque, según ellos, son mejores. Me pareció entonces  que en realidad lo hacen, al menos algunos de ellos,  por comodidad: así no tienen que esforzarse por aprender algo nuevo. Ahora me he vuelto más comprensiva, pero sigo pensando que algo de eso hay.


Casi olvido decir por qué me volvió a la mente este recuerdo: es que hoy he oído a un locutor de televisión dar el precio de un inmueble en euros y, a renglón seguido, en pesetas. Estoy segura de que los niños que escucharon ese programa, también entendieron algo así como "esto cuesta dos reales".


Dos reales.




Fotos:
rokko69periplo.blogspot.com
palmeral-pensamientos.blogspot.de



martes, 24 de junio de 2014

Libros y alas.

Leer da alas
Ahora que tengo algún tiempo libre regreso a la lectura. No es que cuando estoy ocupada no lea, pero durante el año lectivo muchos de mis libros tienen un motivo y, en cambio, los que leo ahora no lo tienen.

Suelo decir que la lectura es mi entretenimiento más habitual y los libros mi pasión. Como casi todos los amantes de estos pequeños compañeros de papel, empiezo a disfrutar de ellos en el momento en que pienso en acercarme a la librería. El gozo se prolonga durante la búsqueda, con el roce de los dedos sobre la portada, el crujido de las hojas, el aroma a tinta...
En alemán hay una palabra que me encanta, con la que se puede definir muy bien este sentimiento: Vorfreude, la alegría previa a la realización o consecución del objeto en el que nos regodearemos posteriormente.

Hoy, mientras pensaba con qué libro pasar la tarde, noté de repente un agradecimiento infinito hacia los libros que he leído.
Es obvio que mi forma de hablar, el léxico que utilizo y hasta las ideas que se me ocurren han surgido de las enseñanzas recibidas a través de la lectura, pero hay algo más.

Mis circunstancias vitales me han impedido hacer muchas cosas que hubiera deseado y, sin embargo, muchas de ellas las he "hecho" gracias a los libros.
No existe la máquina del tiempo que pueda llevarme a Grecia para escuchar un discurso de Pericles y no me resulta factible coger la mochila y hacer el Camino, pero puedo leer sobre ellos. Gracias a los libros he viajado a Francia y asistido a la muerte de Molière y al nacimiento de Grenouille;  he cabalgado con Atreyu por Fantasía y he llegado a Mordor para fundir un anillo en el único fuego que podría destruirlo. Recorrí parte de España acompañando a Lázaro y otra parte cabalgando a la grupa de cierto jumento llamado Rocinante. Luego me fui a China para traer sedas y especias y acabé quedándome en la corte imperial durante veinticuatro años, haciendo compañía a los Polo. A mi regreso me embarqué con el doctor Gulliver y conocí lugares fabulosos y extraños en los que, pese a las diferencias, había tanto en común con mi propio país.
A veces el viaje era más corto, aunque mucho más difícil, porque la meta era yo misma. Así me dejé conducir por  Lao Tse, Mahoma, Confucio, Buda, Jesús, Brahma y el mismísimo Yahvé, entre otros muchos, con la esperanza de entenderme un poco mejor y comprender a otros. Añadí a mi círculo de amigos-maestros a filósofos como Nietzsche, Ortega, Platón, Aristóteles, Sócrates y tantos otros, trasladándome de mi alma a la suya y regresando periódicamente. Unas veces traía cosas que encontraba allí y podrían servirme, otras desechaba lo que encontraba, pero siempre disfruté el trayecto, aunque al final no encontrase la respuesta que buscaba.

Probablemente aprendí en los libros cual es el mejor medio de transporte y a usarlo casi en exclusiva: el tren. Viajar en ferrocarril es igual que leer porque es uno de los pocos medios en que el trayecto es más importante que la meta.


Si lo pienso bien, esto es quizá lo más valioso que he aprendido de los libros: a disfrutar del viaje, porque es verdad que el final nunca es lo más importante.




Foto:
googleusercontent.com

lunes, 5 de mayo de 2014

Derecho a ser superficial.


He estado unas semanas sin escribir, pero leyendo mucho, sobre todo la prensa y navegando por la red. Una y otras me han dado cosas en las que pensar.

Las noticias pasan de la seriedad a la intrascendencia con la misma celeridad con que lo hace la vida misma. Junto a las cuestiones más preocupantes aparecen otros titulares que dan risa (cuando no provocan indignación) por su insignificancia o por la excesiva e inmerecida relevancia que se les otorga. El nombre de Ucrania o de Siria; el desempleo y los políticos corruptos; los crímenes como estafas o asesinatos comparten portada con el último anuncio de Desigual, la Liga de Campeones y el día de Star Wars (4 de mayo, coincidiendo este año con la celebración española del Día de la Madre).

Las novedades gratas me hacen sonreír y las neutras, que también las hay, las leo pasando apenas la vista sobre ellas y sin que dejen en mi ánimo el más pequeño recuerdo.
Los sucesos tristes (guerra, corrupción, miseria económica y moral) me afectan como a todos. Desearía que no se dieran y me gustaría tener la varita mágica que arrancase para siempre el mal.
Como no la tengo hago lo que puedo: me preocupo por el medio ambiente, no voto a quien no considero adecuado para gobernar y dedico mi vida a atender a quien me necesita, a despecho de las atenciones que debería dedicarme a mí misma. No es que ninguna de estas cosas vaya a cambiar al mundo, pero al menos este tendrá una mancha oscura menos, aunque sea casi imperceptible de tan pequeña.

No creo que hacer lo correcto deba ser premiado, así que no pido recompensas ni palmadas en la espalda o aplausos por mis acciones. Sí me gustaría, en cambio, que se respetara mi derecho a ser superficial de vez en cuando.
Los que no hacemos permanente campaña política en las redes o no convertimos cada mensaje en un clamor pro derechos sociales debemos ser respetados tanto como los que sí lo hacen. Para algunas personas esos lugares de comunicación son un sitio al que acudir para encontrar a los amigos y parientes que tenemos más lejos y no una plataforma reivindicativa a tiempo completo. Al menos no siempre, porque todo tiene sitio en este mundo virtual, por supuesto.

En otro orden de cosas, aprovecho para decir que tampoco tenemos porqué compartir cada entrada que cuelgan nuestros conocidos, por mucho que lo pidan (si hay algo que odio son los mensajes que dicen eso de "sé que muchos no compartirán, pero si eres mi amigo lo harás"). Me niego a compartir frases escritas por el iluminado de turno y que siempre que las leo me recuerdan a aquel tatuaje que decía "amor de madre" porque no sé qué pretenden, igual que jamás entendí el sentido de llevar esas tres palabras sobre la piel.

Después de una jornada de trabajo duro, noticias tristes (terribles, algunas veces) y luchar contra la sociedad, la política y los vecinos, quiero un motivo para sonreír. Entiendo al desempleado que por la noche se sienta ante la tele a disfrutar del fútbol, porque será un rato de asueto tras todo un día de confrontar la cara más gris de la vida. Nunca comprenderé, en cambio, a quien le critica, esa gente que escribe mensajes tipo "hay x-mil parados, pero lo único que le importa a la gente es el anuncio de Desigual", sin pensar que probablemente esa persona sea un parado más, viva en su casa solo unas semanas o días porque ya le llegó el aviso de desahucio y al día siguiente comerá gracias a su madre, suegra o vecina. ¿Quién dio a algunos el derecho a juzgar a los otros, aún sin conocerlos de nada? ¿Qué hace pensar a unos cuantos que ellos sí están comprometidos socialmente y los otros no? ¿Colgar un chiste en el que se hace burla de una nueva ley o se critica a un político convierte a alguien en un gran luchador?
También hay gente muy activa, políticamente hablando, que suben sus mensajes y van a manifestaciones, escriben cartas y mueven a la gente, pero curiosamente estos no suelen criticar a nadie. Suele suceder que quien más se afana por los demás, es también el más discreto y respetuoso. 

La comunicación se ha ampliado: recibimos las noticias en tiempo real (o casi); charlamos con los parientes que dejamos en el hogar, al otro lado del mundo; tenemos en nuestras manos las herramientas para acercarnos a los desconocidos, conocer sus costumbres, aliarnos con ellos y crear nuevos amigos, pero las usamos solo para dar nuestra opinión, "soltar nuestro rollo" sin escuchar al otro, sin interesarnos realmente por él, salvo para lograr que piense como nosotros o que no piense.

Y es que entre las cosas que hemos dejado de usar (además de los buenos modales o la correcta ortografía) se encuentra la más importante: el respeto a los otros. Sin él, estamos perdidos.

viernes, 21 de marzo de 2014

21/3. Día Mundial del Síndrome de Down


21/3.
El cromosoma 21 tiene 3 "inquilinos" en lugar de dos y la persona con esa característica presenta ojos rasgados, aunque no haya nacido en china. Los cromosomas son unos bromistas.

Lo malo es que sus bromas son a veces de mal gusto, porque lo que además estas personas también tienen es una tendencia a padecer cáncer o alzheimer más frecuentemente que el resto de la población. Afortunadamente, una tendencia no es una condena, así que no vayamos a asustarnos antes de tiempo. 
Lo que sí es casi inevitable es que tengan un bajo tono muscular, dificultades en la visión o cierta predisposición a la obesidad, así como problemas óseos o de tiroides, ente otros. Por este motivo este año el lema del Día Internacional del Síndrome de Down es "Salud y bienestar: acceso e igualdad para todos".

Todos sabemos ya que las personas Down pueden llevar una vida igual a la del resto de la población: estudiar, trabajar, casarse, vivir, en suma, de una manera independiente y perfectamente integrada en la sociedad. Lo que no saben tantos es lo mucho que cuesta llegar a esa meta.
En este caso no me refiero solo al coste en cuanto a esfuerzo mental o físico, sino al económico. Logopedia, ergoterapia, gimnasia terapéutica, medicación, gafas... la lista es casi interminable y, lamentablemente, ninguno de estos gastos suelen estar incluidos en los seguros médicos, ni siquiera en los países que más presumen de su excelente asistencia social.

La salud es nuestro bien más preciado y su falta impide la integración en la sociedad y la interacción con los otros miembros de la misma. Un adulto sano puede ir a trabajar para mantenerse y un niño sano aprende mejor en el colegio. Quitar o recortar el acceso a la misma es quitar o recortar las posibilidades de desarrollo del individuo y, con él, de toda la sociedad.
En este momento en que en nuestra sociedad restringe tantos derechos en aras de una "recuperación económica" teórica, no podemos olvidar que solo un pueblo sano podrá sacar la economía a flote: los enfermos no pueden ir a trabajar. 
Es imprescindible desarrollar una medicina preventiva y atender, al mismo tiempo, a quienes lo necesiten, para asegurar su recuperación e integración en la vida cotidiana.

Desde aquí me uno al lema de este año y pido a quienes tengan el poder de decidir sobre ello que no lo olviden. Las personas con Síndrome de Down, sus familiares y amigos, queremos Salud y bienestar: acceso e igualdad para todos.


sábado, 15 de marzo de 2014

Dos años más y se convertirá en elfo


Empiezo a relajarme un poco después de un largo fin de semana de festejos y otros cinco días de tareas agotadoras. Es viernes por la noche (sábado ya, según el reloj) y todos duermen. La casa ha quedado en silencio y casi a oscuras, salvo por la luz que llega desde el dormitorio del duende, que sigue siendo incapaz de dormir sin ella, pese a sus recien estrenados dieciséis años, y la que sale de la pantalla del ordenador.

Ha transcurrido apenas una semana desde que el duende celebró su cumpleaños y hago balance de lo que hemos vivido juntos en este tiempo, de las cosas que han cambiado en nuestros cuerpos, en nuestra mente, en nuestra vida.

Al mirarle veo una figura transformada en la que la androginia de la infancia se ha ido transformando en unos rasgos inequívocamente masculinos. Su gesto se ha tornado adusto y sus ojos miran cubiertos por un ceño generalmente fruncido y a veces se dirigen hacia el cielo, como si desde allí hubiera de bajarle la paciencia que necesita para enfrentarse a tanto incompetente. En resumen: la pubertad se ha adueñado de él y solo nos queda el consuelo de que esta será una fase más, que pasará como todas las otras. Al fin y al cabo, en solo dos años se convertirá en un elfo.
Esta etapa me está haciendo añorar los tiempos en que diversos objetos salían "volando" por la ventana, los armarios aparecían en el pasillo y un beso curaba todos los males. Ahora los besos están casi prohibidos y solo se aceptan (a regañadientes y con gesto de sufrimiento) cuando nos deseamos una buena noche.

La adolescencia siempre es difícil para todos los que la sufren. Los niños ya no lo son del todo y reaccionan entre sorprendidos y enfadados ante las modificaciones de su anatomía y su cerebro. Los adultos que conviven con el joven tienen que aprender a despedirse de su bebé y a convivir con ese señor, casi mayor de edad, que empieza a manifestar sus deseos de ser respetado y tratado como un igual.
Cuando el adolescente es además un duende, la comunicación es casi imposible. Los duendes tienen un idioma que no siempre es comprensible para los humanos así que es difícil encontrar las palabras con que explicarle los cambios que se producen en su cuerpo o que ciertas costumbres infantiles no son adecuadas a los dieciséis años. A los pobres mortales solo nos queda echar mano de una alta dosis de paciencia y hacer lo que buenamente podamos con nuestros escasos medios.

Vivir con un duende en la casa no ha resultado fácil. Su sonrisa ha sido siempre un alivio en los peores
momentos, pero no ha logrado curar del todo la sensación de que algo quedó sin hacer, de que tal vez se pudieron evitar ciertos errores. Todos hacemos nuestras tareas como mejor sabemos, pero educar niños o duendes es algo para lo que nadie está preparado. Da igual cuántos libros se lean porque en ellos hablan de seres abstractos y no tienen nada que ver con esa persona real que un día irrumpe en nuestras vidas, con su propio carácter y sus necesidades personales y distintas de las de otros seres. Los niños de verdad son mucho más sucios, llorones y tragones que esos seres angelicales que vemos en los manuales de psicología infantil. De los duendes ¿que se puede decir? ni siquiera son como los demás niños: son igual de sucios, llorones y tragones, pero durante mucho más tiempo, años incluso.

Me acerco al cuarto del duende y le veo dormir. Su respiración es sosegada y el rostro ha perdido un poco de esa dureza que acompaña a su gesto en los últimos tiempos. De pronto me fijo en su mano que sostiene una esponja y siento como unas lágrimas de emoción ruedan por mis mejillas. En dos años será un elfo, podrá votar e irse a vivir a otra casa, pero allí, escondido tras la barba incipiente que le mancha de gris el rostro, semi oculto por una esponja blanca que reposa con él, sique viviendo el pequeño duende aficionado a redecorar dormitorios.


Tal vez sea que la luna invita todavía a mi duendecillo a bailar toda la noche. Quizá aún no le hemos perdido del todo.







Fotos:
www.lebenshilfe-berlin.de
www.hinsar.com


lunes, 3 de marzo de 2014

Premios de cine

Otra vez los Óscar. Pocos premios, incluyendo los más afamados galardones literarios o incluso los Nóbel, despiertan tantas pasiones.
Semanas antes de conocerse el fallo del jurado todos hablan de ellos. Se hacen predicciones y se comentan los argumentos, los actores, los directores y hasta el vestido que llevarán las actrices se convierte en tema favorito.

Por fin llega el día de la entrega y nos sentamos ante el televisor deseando ver la llegada de las estrellas, seguimos la gala con atención y reimos las gracias del presentador de turno. Últimamente la magnífica Ellen Degeners quien, pese a su indiscutible buen hacer,  no ha logrado que  olvidemos del todo a otros grandes como Whoopy Goldberg (genial en todo lo que hace), John Stewart (divertido, sin más pretensiones)  o el que para mí merece el título de mejor presentador de la gala en toda su historia, Billy Cristal, considerado por muchos el rey del slapstick y que es en mi opinión  uno de los mejores y más completos cómicos estadounidenses de todos los tiempos
.
La gala de este año no ha traido sorpresas de ningún tipo: mucho glamour, mucha lentejuela, muchas risas y premios entregados a los que esperábamos que los recibieran.
Algunos espectadores deseaban ver premiados a di Caprio y Scorsese, aunque no entraron en mi quiniela en
ningún momento. La película recuerda excesivamente a "Casino", del mismo director, y tres horas de volver
a ver la misma película es demasiado para cualquiera. La historia no tiene nada especial y el hecho de que sea una buena película tampoco es suficiente para llevarse un premio: hoy en día, teniendo el dinero (y Scorsese sabe como conseguirlo), lo difícil es hacer una película mala. Por supuesto que se puede ver y disfrutar, pero no aporta nada nuevo a la carrera de su director ni al mundo del cine. En cuanto a Leonardo di Caprio, me temo que lleva camino de convertirse en el Cary Grant de esta generación de actores: un actor alabado por crítica y público, creador de papeles impecables desde la primera vez que apareció en la pantalla, pero sin premio, no porque no lo merezca, sino porque siempre hay otro actor que ha hecho un papel más llamativo, como ha ocurrido esta vez. La Academia no va a premiar la biografía de un delincuente, teniendo a un héroe al que dar el premio, como ha hecho siempre. (Léase esta última frase con gesto de censura, porque no estoy nada de acuerdo con esa falsa nobleza de principios.)
En cuanto a la película ganadora, "12 años de esclavitud",  no sé si merecía la estatuilla o no, pero imagino detrás de la concesión  el interés de dejar claro que Hollywood está a favor de la libertad y en contra de la esclavitud. La política siempre fue más poderosa que el arte y en los Estados Unidos el uso de lo "políticamente correcto" es casi enfermizo. 

La gala, como decía al principio, fue normalita, lejos de la idea que tenemos de cómo debe ser una entrega de premios como los Óscar, pero agradable. Un par de canciones, una de ellas acompañada de un número de baile sin pretensiones; un par de chistes; unos litros de lágrimas y poco más. Nada que nos desviase del motivo de conversación más recurrente durante la noche: los vestidos de las chicas. Los chicos dieron pocas sorpresas, si exceptuamos la chaqueta azul de Jimm Carrey o el pantalón corto de uno de los presentes: smoking (chaqueta negra o blanca, como la del guapísimo Jared Lato), pajarita (salvo en el cuello de Will Smith, atractivo con su traje de camisa abierta en el cuello, que le daba ese aire fresco al que nos tiene acostumbrados) y una sonrisa en los labios, que es como suelen vestir los hombres en estas ocasiones.

La mayoría de mujeres vistieron sus galas más espectaculares, aunque alguna que otra llevó lo primero que sacó del armario (o lo que algún enemigo escogió para ellas). Como no quiero hacer una entrada interminable, menciono solo a una: bella entre las bellas, como siempre, Meryl Streep, de blusa blanca y falda negra, sobria, sencilla y elegante. Sigue enseñándonos a todas el significado de la expresión "vestir según la ocasión".

En resumen: pocas sorpresas, mucha política (de la interna y de la nacional), muchas estrellas, luces, focos, cámaras y nada demasiado importante o interesante detrás de todo ello.


Y, pese a todo, el año que viene volveré a trasnochar para verla porque, nos guste o no, la entrega de los Premios Oscar sigue siendo "La Gran Fiesta del Cine".

domingo, 2 de febrero de 2014

Febrero. O como convertir a un ser encantador en el increible Hulk


Quienes me conocen no necesitan preguntarme cuándo me examino porque un simple vistazo les basta para adivininarlo: mi cara está pálida y desencajada; las manos me tiemblan; respiro agitadamente y no hablo mucho, pero cuando me animo a decir algo las palabras salen precipitadamente, amontonándose unas sobre otras, creando frases ininteligibles o carentes de sentido. Mi carácter, habitualmente tranquilo y simpático sufre una serie de mutaciones que transforman al Dr. Bruce Banner que llevo dentro en el monstruo enorme, verde y rugiente que todos los fans de Marvel conocemos. No llego a tratar de morder a nadie, pero por muy poco. Claro que Hulk tampoco muerde a nadie, pero asusta mucho.

Justo eso es lo que me pasa a mí, que asusto mucho. Si afinamos bien las orejas podemos oir a mi familia gritando “¡a cubierto!” cada vez que me acerco a ellos.
Paso los días semi encerrada en mi cuarto de trabajo y cuando salgo de él voy sembrando la destrucción a mi paso. Entre las cosas que se me caen de las manos por el temblor y las que tiro adrede en un arrebato de ira contra Saussure o Julio César tengo que renovar la casa una vez cada cuatro meses. Me miro al espejo y veo a un ser monstruoso, de un color entre verde y amarillo que ni el mismo Lorca se atrevería a querer, mirándome con ojos extraviados y ceño que de tan fruncido se convierte en unicejo.
Por unas décimas de segundo pienso que debo calmarme, antes que la ropa me reviente y acabe paseando en pantalón corto por la calle... o sin ropa, que la vida real no es tan recatada como los cómics. Respiro hondo, cuento hasta veinte y vuelvo a mi cuarto.

Mis apuntes me miran desde la mesa, unos abiertos, otros cerrados esperando su turno. Tomo una

Yo, pidiendo a mi familia que,  por favor,
bajen el volumen de la televisión,
de las carpetas y retomo la lectura en el punto en que la dejé. Dice algo del “complejo Oakhurst”, del predominio de las raspaderas y del esquisto.

Trato de descubrir qué significa eso que leo y, en ese preciso instante, vuelve a ocurrir: me quedo en suspenso, la mente en blanco y en un silencio que solo deja oir mi respiración, cada vez más acelerada y sonora porque ahora tomo el aire a través de la boca. Noto como la camiseta y los vaqueros comienzan a apretarse contra mi cuerpo cada vez más, amenazando estallar; la temperatura sube y el color verde de las manos anuncia la transformación del cuerpo. Desaparecen las letras, desaparece mi cuarto. Solo oigo un susurro muy lejano. Parece el sonido de un aspirador. Me levanto y, ciega a cuanto me rodea, derribo un vaso lleno de bebida, tres sillas, una estantería con todos sus libros; arranco la barandilla de la escalera y enfilo hacia la fuente del ruido.

Cuando recobro la conciencia veo a mi familia escondida detrás del sofá. A mis pies los restos del electrodoméstico inoportuno descansan, silenciosos al fin, en el suelo.

Definitivamente, no hay nada como un par de exámenes para despertar al increible Hulk.