martes, 31 de diciembre de 2013

Adios Año Viejo


Parecía que había venido para quedarse pero al final 2013 se acaba, como se acaban todas las cosas, sean malas o buenas.

No ha sido mi año favorito, no vamos a engañarnos. En lo personal, enfermedades graves, achaques menos graves y un par de momentos tristes. En lo general, pérdidas de todo tipo: de personas que marcaron nuestras vidas en varios campos, desde el arte hasta la política; de derechos democráticos; de confianza en casi todo lo que parecía bien anclado en nuestro mundo. Las pocas cosas buenas aparecían empañadas por otras fastidiosas, molestas, dañinas incluso, según el caso.

Para compensar un poco tanta infamia, he decidido hacer una lista de buenos propósitos, porque a lo mejor el problema no ha sido el año, sino mi actitud y será suficiente variar la conducta para cambiar la suerte. Por otro lado, nunca he hecho ninguna, así que será una novedad divertida.

Como me conozco y sé que si me propongo demasiadas cosas no sabré por dónde empezar y acabaré por no hacer nada, no quiero realizar  una lista larga tipo las diez cosas que... y la dejaré en la mitad.

La titularé Las cinco cosas que voy a hacer en los próximos doce meses:

1. Volverme mala persona al menos dos veces por semana. Porque decir “no” también es humano; porque mi opinión es tan buena como la de los demás y no tengo razones para callarla; porque ya está bien de perdonar a los demás todo lo que hacen (incluyendo roturas de corazón y puñaladas traperas); porque soy un mortal como cualquier otro y no siempre tengo fuerzas para sostener a los demás. Por todo eso y por otras cosas más, me he propuesto firmemente ser de vez en cuando estúpida, cargante y hasta malvada si es preciso.

2. Ocuparme mejor de mi familia. No más, solo mejor. Llevo ya unos días practicando algo que casi había olvidado: alejarme del ordenador, los libros y todo lo que me pueda atar a mi cuarto de trabajo, para sentarme con mi familia a disfrutar de ellos. Cuando deba trabajar lo haré, pero cuando llegue la hora de dedicarme a mi gente, no pienso dejarme despistar por nada ni por nadie.

3. Ordenar todo lo que he escrito este año y empezar a dar forma a las notas que he tomado. A veces tengo buenas ideas que no me llevarán a la fama, pero sí a la satisfacción personal. Eso bien vale el esfuerzo.

4. Ir al médico a hacerme un par de revisiones que tengo pendientes desde hace años.

5. Bajo ningún concepto, plantearme el dejar de fumar. Llevo años pensando que debería dejarlo y no lo he hecho nunca, sería una tontería volver a pensar sobre ello. Si algún día dejo los cigarrillos, será sin pensarlo.

Reconozco que mis propósitos de Año Nuevo no son nada originales, ni siquiera poéticos, pero es que he llegado al convencimiento de que lo mejor que se puede hacer con las metas es ponerlas cerca e ir superándolas poco a poco, sin olvidar que la mejor forma de lograr el cumplimiento de un deseo es que este sea “obtenible.

En cuanto al año que nos deja, para que no diga que le despido recordando sus crueldades, lo haré agradeciéndole algo: gracias, 2013, por marcharte de una buena vez.

Según los chinos, el 2014 será el
Año del Caballo de Madera.
Empezará el 31 de enero.



Fotos:
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domingo, 22 de diciembre de 2013

Corona de Adviento. Cuarta Vela


22 de diciembre. Cuarta Vela

 

La última vela se enciende cuando faltan dos días para Nochebuena y justo cuando se pone en marcha el sorteo de lotería más comentado y esperado del año.

Por ser la última quiero que sea una vela alegre y optimista, que ya hemos tenido suficientes pesares para divagar, así que voy a centrarme en la que para mí ha sido la mejor noticia de la semana y tal vez del año. De las malas ya hablaremos en otras entradas.

El protagonista se llama Andrés y hubo un tiempo en que era constructor. Ya no lo es. A él también le llego el momento de cerrar su empresa y conocer suficientes tribulaciones como para llevarle a dormir en la calle. Porque Andrés es un indigente.

Hace unos días llamó a un programa de radio. Él también quería participar en la cabalgata de su ciudad comprando caramelos para los niños. ¿Comprando? ¿un mendigo? Pues sí: una señora le había dado cincuenta euros y él quería regalarlos a los niños de su localidad en forma de chucherías.

Lo que hace tan buena a esta noticia es el mensaje solidario que encierra y el ejemplo de amor y entrega hacia los demás.

Enciendo la cuarta vela y pido que nunca se nos olvide que la bondad es mucho más abundante que su antónimo, que el mundo está lleno de buenas personas y que solo tenemos que seguir su ejemplo para hacer de él un sitio agradable en el que vivir.

domingo, 15 de diciembre de 2013

Corona de Adviento. Tercera Vela


15 de diciembre. Tercera Vela



El tercer domingo de Adviento me encuentra enfrentada a problemas personales que, unidos a la hipersensibilidad propia de las fiestas, me llevan a divagar sobre el futuro con una negatividad que hasta ahora me era desconocida.

Hace ya muchos años que sueño con una casita pequeña, junto al mar y a mi gente, en la que vivir mis últimos años sobre la tierra. Me veía a mí misma paseando descalza sobre la arena, con el agua rozando mis pies y sintiendo el olor a pino y a sal propio de una cala mediterránea.

Esa idílica estampa se ve ahora empañada por noticias sobre la pobreza y abandono a que se ven sometidos cada día más niños y ancianos, los recortes en ayudas sanitarias tan básicas como la adquisición de medicamentos o el apoyo a los enfermos y discapacitados, necesitados de una persona que les facilite la vida.

Una miembro del gobierno dice que no sería justo gastar dinero del estado en un enfermo crónico, olvidando al hacer esas manifestaciones los años que ese mismo enfermo ha pasado pagando al estado para, entre otras cosas, asegurar esa ayuda en caso de necesidad. Otro decide que el único aprendizaje que nuestros niños necesitan imperiosamente en la rama de Humanidades es la religión católica y lo impone como asignatura obligatoria en las escuelas, al mismo tiempo que otro miembro de su partido telefonea a una fundación, preguntando cuánto dinero cobra y desde cuando la persona que da nombre a esa corporación... muerto hace ya casi 700 años. Se aprueba una ley penando a aquellas personas que instalan en su hogar un sistema fotovoltáico, porque al usarlo dejan de aportar dinero a las eléctricas, supongo que por el miedo a tener que rebajar el sueldo al pariente o amigo al que han puesto al frente del negocio. Otra ley anula unos derechos básicos del ciudadano de un país democrático: manifestar su rechazo a lo que no les gusta; unirse a otros en esa lucha; demostrar con imágenes qué hacían ellos y qué les hacían otros durante la protesta.

Cuando parecía que había mucho de exageración, que las cosas no pueden estar tan mal, leo la noticia de la muerte de tres miembros de una familia. Se intoxicaron con los alimentos ingeridos en la comida. Los pocos alimentos que habían conseguido para su sustento estaban caducados y seguramente, podridos. Una niña de 13 años está ingresada en un hospital, víctima también de la intoxicación y cuando salga descubrirá que es huérfana y que ha perdido a su hermana. Espero que al menos no tenga que pagar la factura del hospital o una parte de las medicinas que haya consumido.

Definitivamente, no es ese un lugar donde un jubilado, con la sola ayuda de su renta, pueda disfrutar del merecido descanso. Habrá que ir cambiando los planes.

 
Enciendo la tercera vela y, por unos segundos, me conformo con ver su luz bailoteando ante mis ojos y con sentir el calor que desprende. Entonces me doy cuenta de que eso es justo lo que deseo hoy: luz y calor.

domingo, 8 de diciembre de 2013

Corona de Adviento. Segunda Vela

 Domingo, 8 de diciembre. Segunda Vela
 
 
Esta semana ha traido noticias tristes. De entre ellas la que más me ha apenado ha sido la muerte de Nelson Mandela. Sé que hay seres especiales que no mueren nunca y Madiba es uno de ellos, pero su marcha deja un vacío muy grande. El mundo necesita héroes a los que pueda escuchar y tocar.

Su vida ha sido un ejemplo de lucha y sufrimiento. Tras tantos años de dolor y trabajos, cuando parecía que había ganado la batalla y podría retirarse a descansar, siguió trabajando, porque él sabía que no basta con llegar a la meta: tras ella aparece otra calle que recorrer.

Al fin, siendo ya un anciano, se dirigió a nosotros (a todos, sin excepción) para pedirnos algo y yo, que creo en él y en sus palabras, tomo su petición y la hago mía, repitiendo, mientras enciendo la segunda vela de mi Corona de Adviento:

"Donde quiera que haya pobreza y enfermedad, donde quiera que los seres humanos estén siendo oprimidos, hay trabajo por hacer. Después de 90 años de vida, es tiempo de que nuevas manos emprendan la tarea. Ahora está en vuestras manos". (Discurso de N. Mandela en Hyde Park, Londres. 2008)
 
Este es mi segundo deseo: no escuchar a quien diga lo contrario, porque sí es posible; un solo ser humano puede cambiar el mundo.




martes, 3 de diciembre de 2013

Corona de Adviento. Primera vela


Mi Corona de Adviento ya luce una vela encendida. Al prender su pábilo, siguiendo una vieja costumbre, he expresado mi primer deseo de los cuatro que formularé antes de la Nochebuena e iré comentando aquí en su momento oportuno.



1 de diciembre de 2013. Primera vela.

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
El primer día del Adviento llega con malas noticias. Una de ellas ha dado la vuelta al mundo, porque afecta a un personaje popular: el actor Paul Walker ha muerto, víctima de un accidente de coche. Sus seguidores y los aficionados al cine en general, lloran su muerte y, de pronto, alguien se levanta a criticarlos. Lloran al famoso, pero olvidan al conductor que se sentaba a su lado.No creo que tenga razón: lo natural es dolerse por quien conocemos.

Por otro lado, lo que me ha llevado a divagar ha sido ese intento grosero de mostrarse por encima de los demás y sus sentimientos, ese yo siento mejor, porque pienso en todos y no solo en el que conozco. Y, sin embargo no es eso lo que ha hecho. El autor de esa queja también se ha basado en el personaje famoso, escogiendo al compañero del  actor como herramienta para loar su propia “belleza de carácter”.

Él también ha olvidado que en Glasgow han muerto nueve personas anónimas, víctimas de un terrible accidente de helicóptero. Ellos no estaban haciendo nada potencialmente peligroso, no podían prever que tomar una cerveza fuera letal, pero no eran amigos de un actor famoso, ni estaban tomando una copa con él, así que no merecen siquiera un pequeño recuerdo en la protesta anterior.

Como decía antes, no me extraña,  ni siquiera lo desapruebo, porque lo normal es dirigir nuestros sentimientos hacia quienes conocemos. Lo que quiero hacer presente es que el ya mencionado autor de la protesta, que aduce poca sensibilidad por parte de sus congéneres, actúa exactemente igual que el resto de sus semejantes.

Por ello enciendo mi primera vela y pido, recuérdame levantar mi jersey y mirar mi propio ombligo antes de criticar a los demás.

viernes, 8 de noviembre de 2013

"Sabe hacer casi de todo"


Edad Media. Aprendiz de panadero
Hoy mismo (viernes, 8/11/13), en un programa de televisión. La noticia, de las que desgarran el alma: una pareja joven, sin trabajo ni hogar, ha pasado el verano durmiendo en el coche. Ahora se han trasladado al trastero (un cuchitril de, aproximadamente 2x1,5 m2) de unos conocidos, donde pueden pasar la noche sobre un colchón. Él responde a la pregunta de la locutora, con lágrimas en los ojos, diciendo que ha sido albañil, carpintero haciendo palés, carpintero metálico y alguna cosa más. La entrevistadora, amable y positiva, le anima asegurándole que alguien verá el programa y le dará trabajo. Es en ese momento cuando yo me pregunto ¿trabajo? ¿qué clase de trabajo se puede dar a un aprendiz de todo?

No pongo en duda la capacidad ni las ganas de trabajar de ese hombre, ni se me ocurrirá jamás criticarle porque estoy segura de su lucha por una supervivencia digna y honrada. Lo que me angustia es el sistema que permite que una persona joven salga a la vida adulta sin preparación suficiente.

¿Cuándo van a ser conscientes nuestros políticos de la importancia de la cultura para la elaboración de un futuro honesto? Y no me refiero a una educación universitaria, sino a posibilitar un aprendizaje adecuado a las necesidades, gustos y circunstancias del niño y adolescente.

La escuela, el instituto, la formación profesional, en el sistema educativo actual, solo conocen un triunfo: el del fracaso escolar. Profesores malpagados y peor tratados junto a alumnos aburridos y hartos se han convertido en la norma.

Creo que ya va siendo hora de que valoremos el aprendizaje aquel que hubo en otros tiempos, cuando el chaval comenzaba de aprendiz junto a un maestro que le enseñaba los secretos de su oficio. Poco a poco iba formándose en su tarea y cuando al fin llegaba a ser maestro él también, construía una catedral que seguía en pie durante siglos o cosía unos ropajes que pasaban de una generación a la siguiente.

¿Suena raro? Pues en algún país se hace así y funciona. La formación profesional consiste en un
S. XXI: aprendiz de carpintero
alemán en su año itinerante.
aprendizaje práctico, combinado con un par de días semanales de teoría y cultura general. El alumno, aprendiz en este caso, está desde el primer día en donde quiere estar (en el taller, la fábrica, la oficina) y haciendo lo que le gusta. Cuando acabe (entre dos y cuatro años después, según la profesión), sera un “oficial”, es decir, una persona conocedora de su “oficio”. No sabrá hacer “casi de todo”, sino “mucho de algo” y podrá acceder a un puesto adecuado a sus conocimientos, junto con un sueldo justo y digno.


 No olvido que de los puestos de trabajo también habría mucho que decir, porque el sistema absurdo que impera en nuestro país es capaz de no dar salario a profesionales, con la excusa de que “aún no tienen experiencia” (que se lo pregunten a becarios y pasantes), pero por algo hay que empezar. Yo voto porque comencemos impartiendo cultura, porque la gente culta no se deja engañar tan fácilmente.

¡Ah, claro! Olvidaba que ese es precisamente el motivo de que ciertos gobiernos traten de ahogar todo intento de aprender. Me corrijo entonces: empecemos por escoger otros dirigentes y procuremos que sean unos menos preocupados por los matrimonios entre homosexuales, el aborto o el sexo de los ángeles.

Comer, tener un techo y formarse adecuadamente, son cosas mucho más importantes.
 
 
 
 
 
Fotos:
 

sábado, 2 de noviembre de 2013

Halloween


Madrugada del 1 de noviembre. La ciudad se puebla de fantasmas, vampiros, duendes y zombies. Unos, los de menor edad, piden chucherías de puerta en puerta a la voz de “truco o trato”. Otros más mayores, acuden a fiestas y bailes.
Parece que hablo de EEUU, pero no: me refiero a algunas ciudades europeas en las que la forma de celebrar esta fiesta va adaptándose al estilo norteamericano.
Algunas personas han convertido esta fiesta, otrora triste y recogida, en un festival de calabazas y disfraces y a mí (que en cierto modo les envidio, porque me encanta travestirme con cualquier excusa) me parece que hacen muy bien.
Escucho a mi alrededor voces de queja: esta fiesta no es nuestra; esto no es tradicional en nuestro país; nos traemos lo peor del extranjero... A ciertos grupos les encanta renegar por todo y tienen argumentos muy interesantes para defender su punto de vista. Desde el origen pagano hasta el que nos llegue a través de la cultura americana, les parecen razones contundentes para despreciarla. Como yo nací fiestera tengo pocos prejuicios y si no celebro este día es solo por falta de costumbre.

El origen gentil de la fiesta, no me interesa. Tampoco son festividades religiosas el carnaval o mi cumpleaños y no pienso dejar de celebrar ninguna de ellas. En cuanto a su procedencia estadounidense habría que discutirla. Que la hayamos conocido gracias a las películas y series de televisión de ese país no le va a borrar su origen irlandés y celta, pueblo este último del que también recibimos visita en su día, probablemente genes y, con total seguridad, costumbres y tradiciones.

Mi argumento no tiene mucho peso porque no voy a remontarme a la historia de la fiesta para apoyar mi opinión. Ni siquiera trataré de convencer a los creyentes de que existan matices de religiosidad en ella. No los he visto y no voy a mentir solo por lograr mis fines.
La razón de que me guste que la gente celebre Halloween es simple, quizá hasta tonta: es una fiesta divertida, así que, de todas las cosas que hemos exportado del extranjero, puede que esta festividad sea una de las más razonables.

Tal vez el año que viene me anime y yo también festeje este día con una fiesta de disfraces y, para aunar antiguas y nuevas tradiciones, me disfrazaré de D. Juan Tenorio o, quizá, del espíritu de Doña Inés y me pasearé por ahí recitando aquello de...

... y medita con cordura
que es esta noche, D. Juan
el espacio que nos dan
para buscar sepultura.
 
 
Va a ser el mejor Halloween hispano-alemán que habrán visto los siglos.
 
 
 
 
 
 
 
 
Fotos:

lunes, 21 de octubre de 2013

El duende y el futuro



El duende recibió ese nombre hace muchos años. Cuando nació fue llamado Elfo, pero la esperanza de un ser de gestos suaves y amante de la calma se diluyó en la nada, justo en el momento en que comenzó a gatear y pudimos observar como su conducta adquiría un preocupante parecido con la de un ruidoso poltergeist.

En otro lugar de este blog expliqué el porqué de estos apodos: su piel es casi transparente, de tan blanca y fina; su nariz es chata y las orejillas picudas, tan parecidas a las de las hadas; sus ojos rasgados y la sonrisa permanente, ligeramente burlona a veces, dulce y contagiosa  siempre, provocaban al mirarlo la sensación de estar viendo un ser de otro mundo.

El pequeño y dulce elfo creció y, al tiempo que desarrollaba la capacidad de desplazarse, empezó a mostrar una afición por la decoración de interiores que ha acabado convirtiéndose en la pesadilla del resto de habitantes de la casa. De repente, en plena madrugada (que el tema de las horas de sueño nunca le preocupó mucho), decide que la cama estaría mejor en otro punto del dormitorio, así que la cambia de sitio. El hecho de que ese lugar estuviera ocupado por un armario conteniendo toda su ropa o una estantería rebosante de libros no es algo que le obligue a cambiar de parecer: simplemente se arrastra el molesto mueble hasta el pasillo o se lleva a otra habitación y ¡asunto arreglado!

La vida con un ser mágico tiene muchos momentos divertidos, que otras veces he compartido en este blog. Todas las andanzas del duende que alguna vez he relatado son reales, como real es él mismo, que llegó hasta nosotros hace ya muchos años y se quedó para enseñarnos muchas cosas que no conocíamos. Hemos reído mucho gracias a sus ocurrencias y vivido situaciones llenas de alegría y afecto, pero nadie es perfecto. Ni siquera los duendes.

Cuando anunció su llegada lo hizo con fanfarrias. Nos preparamos para recibir al ser que completaría nuestro hogar y soñamos con él durante muchas semanas. Nos preparamos para acoger a una prolongación de nosotros mismos, inteligente, atractivo, simpático. Nos preparamos para aceptar a alguien que un día iría al colegio ¡a la universidad, tal vez! que se casaría, tendría hijos y alargaría nuestra propia vida, si no en el mundo, al menos en el recuerdo. Nunca nos preparamos para él.

Apenas llevaba veinticuatro horas en la tierra cuando descubrimos el porqué de esos ojos “de chino”: nuestro amado bebé nació con Síndrome de Down.

No recuerdo mucho más de lo que el médico dijo aquel día. Mi única preocupación en ese momento

¿Quién sabe lo que encontrará al final del camino?

era saber cuándo podríamos ir a casa. Salí del despacho del doctor sin despedirme siquiera, llegué hasta la salida de la planta, me senté en un escalón y lloré amárgamente. Fueron apenas unos pocos minutos de lágrimas, porque había mucho por hacer y tenía que empezar enseguida, pero, sobre todo, porque no lloraba por mi pequeño, sino por mí, porque sentía que todas las ilusiones que me había forjado ya no se realizarían nunca; porque pensaba que había hecho algo mal, que me había equivocado en algo y este era mi castigo. No podía pararme a llorar, porque tenía que reparar mi error cuanto antes. Desde entonces han sido muy pocas las veces en que me he dejado vencer por el dolor. Escondí mis dudas y temores en algún remoto rincón de mi cerebro y procuré centrarme en lo que traía cada momento, sin pensar en el futuro, porque este se convirtió en un lugar oscuro y frío en el que no merecía la pena derrochar energías.



He pasado muchos años esquivando al porvenir. A veces lograba atraparme en un momento de indefensión y me recordaba todo lo que no me traería: ningún colegio, salvo uno “especial”, ninguna universidad; ningún “llamar a mi hijo al trabajo”, porque no tendría un trabajo al que llamarle... Diré en mi descargo que todos tenemos malos momentos en los que parece que solo los pensamientos negativos hallan eco.

Con el tiempo aprendí a responder a estas agresiones. Cuando el futuro me cerraba el paso diciendo que la vida me había dejado sin esperanzas, yo le gritaba que estaba equivocado: tenía las mismas que cualquier otra persona, porque nadie sabe lo que de verdad le está reservado. No hay un padre capaz de predecir lo que será de su hijo. Nadie sabe si mañana tendrá un puesto de trabajo, si seguirá sano o tan solo si estará vivo.


El duende, a los 10 meses de vida
He ido esquivando esos ataques hasta ayer. De pronto fui consciente de que el duende se ha hecho mayor y que apenas le quedan unos pocos años de colegio. En poco tiempo deberá salir al mundo, buscar un puesto de trabajo, aprender a vivir siendo responsable de sí mismo. Antes de que nos demos cuenta deberá extender sus alas y echar a volar, no porque deseemos que se vaya sino porque se habrá convertido en adulto y deberá vivir como tal.
Al pensar en ello volvió el miedo. De nuevo sentí la agresión del viejo enemigo, el futuro negro, frío, insondable, se apareció ante mí con sus eternas amenazas de horrores y lágrimas. Recurrí al viejo truco de cerrarle mi mente y me entregué a mis tareas cotidianas, buscando en los gestos familiares el calor que me negaba el canalla.

Allí lo encontré. Entre los trastos viejos de la casa, agazapado esperando para plantar batalla, se hallaba el viejo grito y se lo lancé al traidor con más fuerza que nunca: te equivocas porque das por sentado lo que solo es posibilidad. Tal vez no salga bien, tal vez no se cumplan las expectativas, tal vez debamos continuar cuidando de él, pero tal vez no sea así.

He vivido con el duende quince años. He aprendido mucho de él y solo con una de sus enseñanzas puedo hundir todos los pronósticos de los agoreros. Porque el duende me ha enseñado que la magia existe y que no se debe nunca menospreciar el poder de un duende.
 
Octubre, mes del Síndrome de Down para muchos blogueros del mundo
 

sábado, 28 de septiembre de 2013

Clases sociales


Por esas casualidades que ocurren a veces, esta semana han llegado a mis oídos tres conversaciones en tres circunstancias distintas (incluso en un par de países e idiomas dispares), que versaban sobre el mismo tema: la diferencia de clases.


"Hasta en el cielo hay clases", dice el refrán.
En todas ellas los contertulios hablaban de estas diferencias en un sentido negativo, como suele ser habitual, comentando la gran distancia que separa a unos niveles de otros, según la capacidad económica o la cultura recibida.

Yo, como suele sucederme en estos casos, comencé a divagar.

Desde las tópicas colmenas, ejemplo de división del trabajo, hasta los rebaños de elefantes, no hay grupo animal que no utilice una clasificación: el jefe de la manada, la hembra más anciana, los cazadores, las crías... y, obviamente, cada clase tiene sus prerrogativas y obligaciones: el macho alfa toma el mejor bocado, pero es también el defensor de la manada, dicho esto de un modo muy simplificado.

Entre los humanos se da un problema que los animales no tienen y es que percibimos esa situación como una amenza, aunque realmente no es así... o no debería serlo.

Es evidente que el abuso por parte de los más poderosos es nocivo y contrario a la esencia misma de la vida en comunidad. Desde el político que practica el nepotismo o el cohecho, hasta el empresario que niega un contrato justo al trabajador, pasando por el profesor que se niega a aprobar al alumno que le cae mal, están atentando contra los derechos de sus semejantes y contra los deberes que sus cargos les imponen. Estas actitudes no son propias de una clase u otra (aunque evidentemente, se dan más en quienes tienen en sus manos las armas necesarias), sino de unas personas u otras: el político que soborna a un juez para obtener su favor en una causa, antes de llegar a la política ya sobornaba con una buena propina al camarero del restaurante para que le diese la mejor mesa y el servicio más esmerado. Dicho de otra forma, no es la política la que corrompe a la persona, sino el corrupto quien mancha todo lo que toca.

Los primeros homínidos se juntaban en grupos para cazar juntos y defenderse de animales más peligrosos y, al igual que el resto de ellos, tuvieron que dividirse las tareas: cazadores, recolectores,
Entre los lobos se da una jerarquía rigurosa.
niñeras, hechiceros, etc. Desde el momento que surge esta repartición del trabajo, se crean las clases, que se ven reforzadas por los distintos caracteres presentes en los seres que formaban el clan: unos eran tímidos, otros aguerridos, unos inteligentes, otros no tanto.

Esto ha llegado hasta nuestros días en los que, si bien tendemos a unificar la sociedad, las distintas naturalezas imponen el mantenimiento de los sistemas de castas. No todo el mundo sirve para trabajar la tierra, como no todo el mundo es capaz de curar a un enfermo, pero necesitamos tanto al médico como al campesino y es deber de todos el respetarles por igual. Lo triste es que todavía haya personas descorteses y desconsideradas hacia los que no pertenecen a su clase, actitud muy evidente entre ciertos miembros de las clases más altas.
Los elementos pertenecientes a las clases de poder son probablemente los primeros en olvidar cuán imprescindibles son todos los componentes del grupo.

Nuestra sociedad actual, como las antiguas, está también compuesta por seres de muchos tipos, que ocupan lugares distintos en la pirámide social, aunque, a diferencia de las sociedades primitivas, existe la movilidad de clases, puesto que las personas de un nivel económico más bajo pueden, mediante el estudio y la adquisición de cultura, cambiar de situación socio económica. También las relaciones entre los distintos niveles se han vuelto posibles, cosa impensable en las antiguas civilizaciones.

Clases sociales en Roma.
Para acceder a esa movilidad que mencionaba se han condedido una serie de derechos: a la cultura, a la educación, al trabajo digno, a la asistencia médica, etc. Estos derechos son proclamados y ovacionados sobre el papel, para después ser pisoteados en la vida real, como ha quedado sobradamente demostrado al tomar medidas para controlar la crisis económica en que nos hayamos inmersos: los políticos siguen teniendo sus prerrogativas intactas (sueldos descomunales, coches oficiales, viajes pagados, comidas a costa del contribuyente), mientras los ancianos ven congeladas sus ya de por sí precarias pagas, los enfermos han de afrontar sus dolencias sin tratamiento y las familias de discapacitados se ven obligadas a cuidar personalmente a sus miembros más débiles, al verse abandonados por quienes deberían atenderles.

Si la existencia de diferentes niveles en el grupo es connatural a la vida animal (incluyendo al hombre), la sociedad actual ha derivado en un estilo “espartano” para recrear esta disimilitud entre clases: espartanos dominando a todos; ilotas sin derechos trabajando para los jefes y un monte desde el que despeñar, aunque sea metafóricamente, a los que no sirvan para el sostenimiento del poderoso.

Definitivamente, las clases son necesarias para el desarrollo de la sociedad, pero el abuso de
Una "intocable". Ni se le acercan.
poder, la consideración de “dioses” que se dan a sí mismos los actuales “faraones” y el convencimiento de que los derechos de nacimiento vienen sin deberes incorporados para ellos, han servido para hacer que nuestra comunidad viva en un perpetuo descontento.

Según Marx, la solución está en la socialización, pero eso tampoco se ha mostrado muy efectivo, puesto que los países que lo han puesto en práctica tampoco han logrado evitar las diferencias de clase ni los problemas económicos y sociales de los más débiles.

Tal vez todo se reduzca, una vez más, a poner en práctica una perogrullada: respetar a los demás. Concienciarse de que nadie es mejor por tener la cartera más abultada o por utilizar cuatro apellidos en vez de dos. Darnos cuenta de que todos somos necesarios, rueditas que hacen funcionar la máquina, pero solo cuando todas estan bien engrasadas y trabajan al unísono.

Creo que el principio ético más importante de cuantos debe observar un ser humano es el rehuir el abuso de poder y, puesto que los principios no pueden ser forzados, solo nos queda demostrar que no estamos dispuestos a ser gobernados por quien no actúa de acuerdo a esa ética.

Las clases sociales son inevitables, pero escoger a nuestros gobernantes es posible. Elijamos a los más honestos y no nos quedemos con los que no nos muestran el respeto que merecemos.

domingo, 22 de septiembre de 2013

Palabras que no me gustan I


Hay frases que me producen un profundo rechazo, como las que se utilizan para generalizar (sobre todo si es en sentido negativo), haciendo eso tan deplorable que llamamos "meter a todos en el mismo saco": los alemanes solo comen salchicha y puré de patatas; los estadounidenses usan armas y les encanta la guerra; los catalanes son tacaños; los andaluces son vagos; los madrileños son chulos... ¿en serio? ¿TODOS?
 
En nuestra sociedad (occidental, española y con tendencia al sentimiento inflamado) he oído expresiones que podrían ser motivo de risa, si no lo fueran de vergüenza. Las frases que he recogido en el párrafo anterior son un ejemplo de tópicos escuchados hasta la saciedad y por ello creídos. No tendrían mayor importancia de no ser por ese último matiz: a fuerza de repetirlos se acaba creyendo en ellos, como si de un evangelio se tratase. ¡Cuántas sorpresas se lleva el viajero al conocer esos lugares y sus gentes! Claro que el viajero, al menos si es uno de mis compatriotas, no va a enmendarse a si mismo (defenderla y no enmendarla, que decía el poeta*), así que le hace un arreglito para conservar la intención sin herir a las personas que ha conocido durante su viaje: los norteamericanos son unos violentos. Bueno, su gobierno, porque la gente es bastante simpática. Y se siente orgulloso de sí mismo porque ha generalizado... pero no tanto.
 
Si este defecto es aplicable a muchos hablantes, resulta aún más evidente entre la gente joven, que
Bella, sexi, atractiva... y muy limpita
une a la pasión propia de la edad  la poca experiencia, y al amor por la justicia, el escaso conocimiento del mundo y sus gentes. Combinadas estas características no es extraño escuchar a un veinteañero gritando “muerte a quien mató” (metafórica y, en ocasiones, literalmente), sin pensar en todos los matices que encierra cualquier acto humano, ni en cuán distinto es este según varíen sus circunstancias y las de la persona que lo realiza.
 
Aquellos que tienen cuentas en las redes sociales conocen seguramente un buen puñado de ejemplos de esas expresiones, escritas cual verdades absolutas (¡como si existiera algo absoluto!), confundiendo las pequeñas verdades con la Verdad. Tengo malas noticias, queridos míos: la Verdad, no existe. Como no existen la Justicia o el Amor. Existen leyes, seres que aman y verdades pequeñitas. Por eso precisamente es tan malo generalizar. No todo ser que mata a otro es un asesino, quizá sea un verdugo y actúa en cumplimiento de la ley que exige la aplicación de ese castigo; tal vez sea un torero y, simplemente hace su trabajo en la plaza. Podemos estar contra la pena de muerte y horrorizarnos por la muerte de un toro, pero no tenemos derecho a llamar asesinos  a los que lo practican, por mucho que nos duelan esas prácticas, como no llamaríamos Santo Benevolente a quienes no matan toros ni gente.
 
Estos son dos casos extremos, evidentemente, pero espero que se entienda la intención con que los utilizo. Soy contraria a la pena de muerte y no soporto la tauromaquia ni ninguna otra manifestación de violencia, sea contra animales o personas. Reconozco también que no uso la palabra “asesino” para calificar a esas personas en concreto, pese a que desapruebo sus acciones y me gustaría ver sus profesiones completamente erradicadas del planeta, mas hoy no divago sobre principios, sino sobre palabras.
 
Esto sí es guarro


Cada palabra tiene su sitio, que puede ser más o menos amplio (las conjunciones tienen apenas una silla, mientras que los adjetivos y sustantivos usan sofás enormes) y no se debe sacarlas de su contexto correcto.  Por eso tampoco me gusta nada el uso que se da en la actualidad a ciertas palabras. Por ejemplo, “guarra”. Parece ser que si una mujer es atractiva, le gusta lucir sus encantos y su conducta es abierta hacia los demás, es una guarra, independientemente de las veces que se duche cada día. Eso sí: si el atractivo lucidor de encantos y abierto de caracter es un hombre, no es “guarro”, pero de las injusticias lexico-genéricas hablaremos otro día.
 
Otra de las expresiones que me producen escalofríos es “me pone”. Yo conozco gente que me pone contenta o triste; situaciones que me ponen nerviosa; actitudes que me ponen en alerta y hasta
Ver a T. Kretschmann.
me pone... contenta
jarrones donde me ponen flores. Siempre que algo “me pone” debe venir seguido de una aclaración. Al oir decir eso de “ese tipo me pone”, no puedo evitar el impulso de preguntar ¿cómo te pone? porque me falta la coletilla. No puede ser tan difícil decir “esa persona me... seduce, excita, atrae,  provoca, agita, impresiona, enciende, incita, enardece, activa, estimula...” Sería mucho más claro y no sonaría a frase no terminada.
 
Las lenguas son entes vivos y, como tales, nacen, crecen, cambian y, a veces, mueren. Aplaudo los cambios que demuestran la vitalidad de un idioma y llego a la ovación si estos sirven para limpiar de palabras y expresiones inútiles al lenguaje, pero no cuando surgen a costa de aplastar aquello que ya existe y es útil.
Las palabras definen a quien las utiliza. Las personas alfa hablan de “MI casa” en las mismas situaciones en que el resto de su familia dirá “NUESTRA casa”, por poner un ejemplo. Esto no es bueno ni malo por sí mismo, pero a veces el mensaje que se envía es desagradable para el receptor y, por lo tanto, da una imagen negativa del emisor. Sería bueno para nosotros recordar esto último, aunque solo sea por mantener una buena imagen ante los demás y, por descontado, ante nosotros mismo.
 
 
*
Procure siempre acertalla
el honrado y principal;
pero si la acierta mal,
defendella y no enmendalla.
          Guillén de Castro. Las Mocedades del Cid.

 
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jueves, 19 de septiembre de 2013

El duende va al colegio


Spessart. El bosque que hay junto al colegio del
duente
El comienzo del curso escolar me encuentra (una vez más) expectante en lo que al horario del duende se refiere. Su costumbre de no dormir más que unas pocas horas diarias y el que estas no coincidan con la noche, me preocupa, pues entiendo que no descansa lo suficiente. Al duende no parecen afectarle ni mi preocupación, ni la falta de sueño.

Tal vez debería especificar “mí” falta de sueño, porque él no muestra el menor indicio de cansancio. Sigue reorganizando los muebles periódicamente, baila toda la noche, come, bebe; disfruta, en fin, de su vigilia sin prestar atención a mis ojeras ni a mis quejas.
Se acuesta lo más tarde posible, duerme cinco o seis horas y se
Música. Esto sí le gusta
despierta, fresco y renovado, a las dos de la mañana. Me busca para que le ponga un desayuno o se lo sirve él si no me encuentra; vuelve a su cuarto, pone música y decora el dormitorio, haciendo tiempo hasta la hora del segundo desayuno, como si más que un elfo fuese un hobbit necesitado de varios desayunos diarios. Tras tomarlos se va al colegio donde, de algún modo que aún no he llegado a explicarme, logra pasar la jornada completa (¡siete horas!), sin cerrar los ojos ni por unos minutos. Vuelve a casa, merienda, descansa una o dos horas, cena (no para de comer en todo el día: pienso que es por efecto de su lado hobbit, como comentaba) y se va a la cama. Luego todo vuelve a empezar.

Esto suele ocurrir en los días que el duende considera normales y que son aquellos en que todo está como debe. A veces se produce un cambio en la vida familiar, sobre todo cuando el “maromen” no está en la casa. En esos días el Pequeño Ser se transforma en un mochuelo y permanece toda la noche despierto, esperando a que todo vuelva a colocarse en su lugar. Me pregunto si lo que le altera tanto será la ausencia de la mitad de su “público” o si realmente su dependencia del “maromen” es tan intensa como parece.

El colegio. Esto no le gusta tanto.
El primer día de clase le pareció bien. Volvió contento del colegio y con ganas de regresar a él. El segundo día fue otro cantar. Aceptó ir hasta la escuela, pero al llegar a casa me dijo:
- He ido dos veces al colegio. Ahora vamos a “casa-casa-playa” (así llama siempre a sus casas: casa-casa-XXX, poniendo en el lugar de las equis una palabra que la diferencia de las otras “casa-casa”).  
Yo también hubiera pedido lo mismo, si alguien me hubiese preguntado.

No le importa ir al colegio los martes, porque tiene deporte y hogar. Los jueves también le parecen bien, que son los días en que recibe clase de música, artes plásticas y baile. Los demás días, con sus horas dedicadas a las matemáticas o el alemán le resultan algo más tediosos y ni siquiera la presencia de sus amigos, a los que tanto añora durante las vacaciones, le compensa de los ratos que ha de pasar escribiendo o contando. Hace tiempo que llegó a la conclusión de que un duende cuyas principales aficiones son el baile y la decoración de interiores, solo necesita aprender qué pasos son los adecuados para acompañar cada ritmo o cuál es el mueble más apropiado en un dormitorio, y actúa en consecuencia. Creo que tiene razón. Lo más importante en la vida es disfrutar de lo que hacemos,  aunque ello signifique renunciar a cosas tales como la tabla del 8 o los cuatro casos de la gramatica alemana, por ejemplo.

De momento ha decidido ir al colegio sin renegar mucho, porque están preparando la fiesta de Halloween, que es una de sus
favoritas. En realidad cualquier fiesta en que pueda disfrazarse le parece bien, aunque muestra poca imaginación para escoger su traje: payaso o pirata, preferentemente el primero. Pintar su cara de blanco, colocarse la nariz roja y llevar un pantalón enorme y de colores vivos, es una de sus grandes aficiones. Creo que le gustan los piratas por el pantalón de rayas, pero pierden mucho en su estima al llevar un maquillaje tan discreto. No se puede comparar un triste bigote o una cicatriz pintada en la mejilla con esa maravilla de rostro enharinado.

Las dos de la mañana. Primero llegó el sonido de la música, luego el ruido de pasos en la escalera. Unos ojos rasgados como los de un chinito me miran desde el hueco de la puerta. Se me acerca una mano portando un vaso vacío y, sin palabras, hace un gesto pidiendo que lo rellene. Dentro de unos minutos el propietario de la mano y los ojos pedirá el primer desayuno.

Empieza un nuevo día y el duende se prepara para ir al colegio.

domingo, 15 de septiembre de 2013

Feliz año nuevo



Adios, playa
Se acabaron las vacaciones y casi también el verano. Los primeros frutos del otoño empiezan a estar en su punto, algunos árboles se visten de rojo y dorado, las noches se vuelven más frescas y el mundo comienza a funcionar después del parón veraniego.

El año pasado por estas fechas me preguntaba por qué no celebramos el comienzo del año este mes*, puesto que es la época en que renacemos a la vida cotidiana. Este año no me pregunto nada más: me limito a celebrar a mi manera el nuevo año.

Lo primero que he hecho ha sido salir de compras. Libros, carpetas, lápices, ropa y zapatos deportivos... Material escolar que se acumula en la mochila y un par de bolsas más, esperando a ser estrenado en los próximos días y ropa nueva que va rellenando los huecos que deja la que ya no puede ser utilizada debido a que su propietario ha vuelto a crecer.

Lo segundo ha sido cocinar mi primer estofado tras las comidas veraniegas. La frescura y el color del gazpacho y las ensaladas han cedido el paso al monótono marrón de unas lentejas que, pese a lo aburrido de su aspecto, han sido muy bien recibidas por los comensales. Quizá las echaban de menos ¿quién sabe?

La rutina a la que hemos regresado tiene algo a su favor: es tranquilizadora. Cuando el espíritu está
todavía triste por las despedidas tras las vacaciones y lleno de nostalgia por lo que
Recogiendo la cosecha
dejó atrás (los aromas familiares, los paisajes cercanos, las personas amadas), repetir los gestos acostumbrados actúa como un bálsamo, suavizando esos sentimientos hasta hacerlos desaparecer.  Por eso celebro mi nuevo año volviendo a las prácticas que me son habituales. Vuelvo a matricular a los estudiantes en sus respectivas escuelas, compro material escolar, cocino las comidas tradicionales... regreso, en fin a la rutina, porque a veces la mejor celebración consiste en no hacer nada especial. O que lo más especial que hagamos sea retornar al refugio de los hábitos que hemos ido creando a lo largo de nuestra vida.



Nos deseo a todos un feliz año nuevo y me despido del verano, las vacaciones, la playa, las comidas coloristas y el calor de los seres queridos que han compartido esos días. En su lugar doy la bienvenida al otoño, el hogar, las sopas y estofados, las clases, el estrés, los madrugones... y me consolaré pensando que ya queda menos para el próximo verano.

Empieza otro año.



* http://akreysa.blogspot.de/2012/09/ano-nuevo-en-septiembre.html

martes, 27 de agosto de 2013

Divagando en la playa



Sol, arena, rocas y el mar
El sol vuelve a brillar, tras dos días de lluvia y tormenta. El aire enojó al mar y este pagó su enfado con los pobres mejillones a los que arranco de las rocas en que vivían y envió a la orilla de la playa. Ahí se ven ahora, arracimados en la trama caótica del estropajo que les sirvió de sostén cuando los peñascos eran su hogar, bailando el compás de dos tiempos que les susurra el agua: uno, rodar sobre la arena; dos, vuelta a la primera posición. 
El cielo, de un azul intenso, salpicado de alguna nubecilla blanca, muestra en la lejanía una capa gris, algodonosa y compacta, avisando de la lluvia que nos traerá la noche o tal vez, el atardecer.

A mi lado toma el sol un hombre y, junto a él, un niño agujerea la arena con su pala. El
Mejillones varados
agua se va llenando de bañistas. Una madre enseña a nadar a su hijo; un padre lanza por los aires a los suyos, dejándolos caer sobre las olas,  tres pequeños que no deben sumar doce años entre todos y que acogen a grandes carcajadas cada chapuzón. Sus risas escandalosas tienen ese sonido especial que se produce cuando el riente está entre la alegría y el susto y son el sonido más intenso que se percibe en este lado de la playa, después del de las olas. Un abuelo, vestido con enormes calzones verdes y gorra de visera, se adentra en el agua, acompañado de sobresaltos de frío y sonrisas para sus nietos. Estos le animan a gritos, pronunciando su nombre y reclamando su presencia: "¡abuelito, aquí!"  "¡nooo¡ ¡aquí, abuelito! con  él ya estuviste antes" y el abuelo avanza, orgulloso de su prole y feliz por disfrutar del amor de esos niños, sus descendientes.

En el paseo comienzan a aparecer los primeros desertores de la playa, convertidos ahora en paseantes, sin rumbo fijo algunos (como demuestran parando en cada puesto de artesanías y junto a cada manta de recuerdos playeros) y otros saboreando en su mente el helado o el refresco que tomarán en un rato. Todos se dejan acariciar por el aire marino, salado, vivificante que, tras pasar por el filtro de las palmeras que bordean el camino, se ha vuelto fresco y aromático.

El vals de los mejillones
Siento una punzada de tristeza al recordar los pocos días que permaneceré aquí, a la orilla del mar. Apenas unas horas para empaparme de este aroma y estos sonidos. Un rato de escuchar palabras en una lengua cercana y familiar: playa, abuelo, sol, palmera, agua...
Agua salada a mis pies y en mis mejillas. No saben igual, aún sabiendo tan parecido. La de mis pies sabe a hogar, a familia y amigos. La de mi rostro a soledad, a nostalgia y frío. 
A partir de ahora comenzarán otro año y otras palabras: trabajo,  estudio, invierno... y playa solo en fotos, abuelos lejanos, sol nada más que a ratos, palmera en los documentales y agua en el grifo. 

Mientras llega el último día, vuelvo a mirar hacia el mar, que continúa su danza mientras me susurra "¡anímate, 'mejillón'!Tú también te sientes enredada en tu estropajo y arrastrada lejos del hogar, pero yo te haré bailar mi vals, igual que a ellos: uno, rodar once meses sobre la tierra; dos, vuelta a la primera posición."

El paseo, al atardecer