sábado, 29 de diciembre de 2012

¿Y si no hubieras muerto?


Hermana:
leo con tristeza la noticia de tu muerte y pienso en estos últimas semanas que has vivido. Hace apenas unos días, cuando el mundo entero se llenaba de luz para celebrar la Navidad, saliste de tu casa en compañía de un amigo, para ir al cine. Iniciaste tu tarde de asueto siendo una chica joven, estudiante de medicina, con un futuro abierto ante ti. Llegaste al cine y probablemente disfrutaste unas hora de felicidad, ignorante de que serían las últimas en tu joven vida. Tomasteis un autobús que os llevaría de regreso al hogar, junto a la familia, pero nunca llegaste a tu destino.

Duelo por otra joven. Se suicidó tras
ser violada. 17 años
Una banda de animales salvajes se echó sobre ti y tu compañero, golpeándoos, torturándoos y violando tu cuerpo y tu alma. Con la connivencia del conductor del vehículo (¿quizá también de otros pasajeros?), se lanzaron sobre tu cuerpo joven y lo desgarraron sin piedad. Acabada la primera fechoría, pasaron a la siguiente, tomando el amasijo de carne en que te habían convertido y lanzándolo a la carretera, sin parar siquiera la marcha del coche de la muerte. Junto a ti, el cuerpo herido de tu amigo y, sobre los dos, el halo de maldad y violencia con que os cubrieron.

Has luchado varios días contra la muerte, pero tu alma no tenía fuerzas para alentarte y tus miembros, tu piel, tus entrañas, estaban tan destruidos que no se ha podido hacer nada por retenerte en el mundo y te has ido antes de poder ver tus sueños hechos realidad.

Quiero que sepas, hermana, que no te marchas sola: llevas en ti a todas las mujeres del mundo. Yo no conozco tu nombre, pero no es importante. En realidad sé cómo llamarte. Tú eres Anjeli, la  protagonista de esa película india que tanto me gusta; eres Parvati, Manuela, María; eres mi hermana, mi hija, mi madre; eres yo.

Eres la heredera de una tradición que da a las mujeres la consideración de “objeto” ¿Sabías que en tu ciudad se produce una denuncia por violación cada 18 minutos? ¿Y que de estas solo prospera una cuarta parte, gracias a la corrupción policial?

Boda entre niños. Ni siquiera han
llegado a la pubertad.
No puedo dejar de preguntarme qué habría sido de ti si... Imagina por un momento, hermana, que no hubieras sido violada y asesinada. Bajas del autobús, llegas a casa y ¿qué te esperaba allí? Tus padres, probablemente amorosos y preocupados por tu futuro, te han dado estudios, pero eso no basta ¿verdad? Una mujer debe casarse y tener hijos. Cumpliendo la tradición de tu país (que no todos siguen, pero continúa vigente), te habrían buscado un esposo “conveniente”. Sigamos imaginando que pasa el tiempo y contraes matrimonio y, ya que soñamos, hagámoslo en positivo: un buen marido que te sacará de la casa paterna llevándote a la suya, una buena suegra que te quiera como a una hija y un tiempo de paz y amor, pero siempre sin los tuyos, siendo siempre una extraña, una “ocupa” de tu propio hogar, relegada al cuidado de la casa y los hijos, sin voz, sin personalidad, sin nombre propio.

¿Y si hubieras sobrevivido al ataque de los salvajes? ¡Vergüenza sobre tu cabeza y sobre tu familia! Nadie pintaría tus manos con curcuma, porque no celebrarías jamás tu pithi dastoor; ningún tilak de perlas se colgaría sobre tu frente; tus pulseras no volverían nunca a tintinear de felicidad. Serías una mujer marcada para siempre, porque en ciertas culturas, la mujer es siempre culpable: culpable si le nacen hijas en lugar del hijo deseado; culpable si le golpean, porque lo ha ganado con su conducta; culpable por llevar una falda corta o larga; por vestir pantalones o llevar sari; por llevar un velo sobre el rostro, o por tenerlo descubierto. Culpable, hermana, independientemente de lo que hubieras hecho. Culpable si mueres y culpable de vivir

Lloro tu muerte, hermana, pero lloro también por la vida y me pregunto ¿y si no hubieras muerto?

miércoles, 26 de diciembre de 2012

Nostalgia


Las Canteras. Belén en la arena de la playa
en la Navidad del 2005
Ya es Navidad, ahora sí. La Nochebuena pasó entre comida y regalos. Comida ligera, que no hay porque exagerar y regalos adecuados al carácter de cada uno, por lo que han sido bien recibidos y mejor agradecidos. Ahora, en la tarde del día 25, solo nos queda relajarnos (por unos días) y seguir disfrutando de la familia, que es lo más importante de todo.

Esa es la razón de que incluso ateos, agnósticos y, en ciertos casos, creyentes de otras religiones celebren esta fiesta: la familia. Este festejo no tendría razón de ser sin ella.

Familias hay de muchos tipos: las tradicionales, con padres e hijos; las grandes, que incorporan abuelos, tíos, primos e incluso algún vecino o amigo de toda la vida; las pequeñas, formadas por matrimonios sin descendencia, un padre o una madre sin pareja y con algún retoño; las tipo puzzle, en la que unos divorciados se unen entre sí,  aportando ambos sus propias proles... Lo que convierte en familia a un grupo de personas es el hecho de compartir penas y alegrías, así como las ganas de hacerlo, mucho más que la consanguinidad. Si los genes fuesen tan importantes no llegaríamos a cogerle cariño a suegros o cuñados, por ejemplo, ni pasaríamos años sin hablar con ese tío antipático o el primo patoso al que tomamos tirria de niños.

La mía es muy grande y, pese a los kilómetros que nos separan, estamos en relativo contacto. En el peor de los casos olvidamos la llamada de cumpleaños correspondiente, pero hay un día que no se nos olvida nunca y es,  precisamente, este.

Baifo en adobo, papas arrugadas
y otras delicias
La llegada de este día nos empuja irremediablemente hacia el teléfono, donde aprovechamos para recordar aquellas otras fiestas navideñas que celebrábamos juntos. Evocamos aquella casa, que nos parecía enorme porque nosotros éramos muy pequeños, en lo alto de los riscos, al lado de la playa. Recuerdos de un hogar que olía a cabrito en adobo  (baifo, como se dice por allí) y papas arrugadas; de colchones que entorpecían el paso, cubriendo la superficie de varias habitaciones; de primos vestidos todo el día con un bañador y por la noche con un pantalón corto y camiseta; de la abuela dando órdenes a todo el que se ponía a tiro; de mujeres parloteando en la cocina y hombres poniendo las mesas (una para los adultos y otra para los niños).

Turrón canario
El tiempo fue pasando y, aunque nosotros nos fuimos a vivir a un lugar alejado de la casa, seguimos reuniéndonos al llegar la Navidad, hasta que uno de nosotros (no recuerdo quién, ni tampoco importa) faltó a la mesa. Después del primero fue más o menos fácil continuar con el extrañamiento. Comenzamos a celebrar otras fiestas, con otros aromas. Cambiamos el cabrito por el cordero, las papas por marisco; trajimos caras nuevas y nos despedimos definitivamente de algunos. Poco a poco nuestro contacto se convirtió en un par de llamadas anuales o alguna que otra carta. Nuestra abuela nos mantuvo unidos e informados de las vidas de los otros, hasta que faltó. Entonces las madres tomaron el relevo en cuanto al traslado de información. Luego fueron los de su generación los que empezaron a darse “de baja”, llevándose con ellos algunas direcciones y teléfonos, así que sus hijos nos movemos en un círculo familiar aún más estrecho, en el que solo quedan los parientes más queridos, pero aún lleno de ese lazo que llamamos “recuerdos comunes”.

Este año el perímetro se ha ajustado otro poco, con alguna pérdida definitiva y un par de direcciones extraviadas. Las llamadas han sido menos, las risas han disminuido en número y los momentos de soledad han ampliado su parcela. Las lágrimas de emoción han dado paso a las de tristeza y las sonrisas de los niños ya no dejan más que un rescoldo, donde antes había llamas. Ya no quedan apenas personas con las que compartir nuestras memorias, sea por fallecimiento o por simple desaparición. Ya no tenemos tantas personas con quienes evocar el enorme Belén, las guirnaldas decorando el dintel de la puerta, la función de Navidad, los villancicos entonados al son de guitarras y timples. Nos hemos alejado hasta quedar solos, porque quien no tiene familia, no tiene nada. Ahora solo nos queda una llamada telefónica para acercarnos a los seres queridos.  Mientras tanto, nos entretenemos escribiendo una entrada para un blog, por tener alguien con quien charlar.
 
 
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sábado, 22 de diciembre de 2012

Un cuento de Navidad


Una casa en las nubes
Esta es la historia de una casa y sus habitantes.
La casa no estaba hecha de ladrillos o madera. La habían construido con el material que se usa para hacer los sueños: una pizca de ilusión, otra de fantasía, un puñado de anhelos, todo bien amalgamado en la mezcladora de visiones. Se deposita la mezcla sobre una nube de algodón de azúcar y se le da forma de hogar.

Los habitantes eran como deben de ser. Las casas de ensueños solo pueden tener habitantes llenos de fe y esperanzas. Pueden diferenciarse en el temperamento, pero no en la capacidad de soñar, que ha de ser mucha si se quiere ser admitido a la casa.
Estos moradores tenían una particularidad y es que no eran una familia al uso. Nada de papá, mamá e hijos, con abuelita y perro, no. Tenían perro, claro y hasta gato, pero ellos no tenían un parentesco genético. Lo que les unía era el deseo de vivir en esa casa y las metas que se habían forjado. Gracias a ello pudieron ingresar en la mansión y comenzar a vivir en ella.

Las flores de Violeta
Las semanas fueron pasando y, después de recorrer todas las piezas de su nuevo hogar, algunos de ellos se encontraron en una habitación en la que había una mesa preparada para un banquete. Pronto se dieron cuenta de que había llegado la Navidad y que la mesa estaba dispuesta para celebrar su primera gran fiesta juntos.

La pieza, como todas las de la casa, tenía paredes, suelo y techo transparentes para que entrase por ellos el sol y el aire cálido (algunas veces también se colaba el frío por alguna rendija, pero ocurría pocas veces y siempre se le ponía remedio con rapidez). Tenía también la particularidad de ser elástica y podía extenderse siempre que fuera necesario, para admitir nuevos vecinos.
La mesa, rectangular y enorme, había sido vestida con un mantel de finísimo lino, blanco como las nubes y tan suave como ellas. Se había decorado con unas flores que movían sus pétalos al ritmo del viento. Mirándolas fíjamente se veía que las flores no eran tal cosa, sino cientos de mariposas de color violeta, que una de las pobladoras de la casa había colocado allí para embellecer la gran mesa de banquetes.

Llegada del Muyayo
con los plátanos
La comida la habían preparado varios de los inquilinos, basándose en el alimento favorito de todos: el plátano. Uno de ellos se encargó de recogerlos (maduros, dulces y con “puntitos”, como debe ser), ya que en su tierra había unas plataneras excelentes. Otros compañeros, con buena mano para la cocina, se encangaron de prepararlos en cientos de recetas excelentes: enteros y troceados; crudos y asados; fritos y empanados; en tarta o en puré; con salsas o sin ellas... había tantos y de tantas maneras que se podría estar comiendo de ellos todos los días del año y no se repetirían los sabores.

Fueron acercándose a la mesa y comenzó la primera discusión (siempre discutían por todo, como ocurre cuando se convive estrechamente). El tema era quién se sentaría a la cabecera:

-          Me sentaré yo, que he sido quien creó la casa -dijo Friki-, es lo correcto.
-          No. Me sentaré yo, que molestaré menos, porque soy tímido por naturaleza –exclamó otro, aunque nadie le hizo caso, porque todos sabían que no solo no era tímido, sino que además tenía menos vergüenza que ningún otro.
-          Creo que debería sentarme yo, que soy el más elegante y el que mejor adorna la mesa -replicó Churramadre.
-          Mientras lo discutís yo ya me he sentado –añadió Cari, que era muy listo y no se dejaba llevar por estas discusiones.


Mojitos
Así siguieron un rato, mientras una compañera iba diciendo que le gustaba todo lo que decían, al tiempo que se los fue llevando a otros asientos y, alzando la voz dijo que la cabecera estaba reservada a las mascotas. Dicho y hecho: Valentino, Chomsky y An fueron llevados al lugar de honor y se les hizo sentar entre los aplausos de la concurrencia.
Todo transcurrió con absoluta normalidad: tras los mojitos de aperitivo, el Frente Asturiano sirvió las sidras, la Xunta de Fillas de Galicia se ocupó de preparar la queimada, diciendo los hechizos necesarios y el Grupo de Txistolaris de Irún y Donosti amenizó la jornada con su música, acompañados por la guitarra de Dan Whistle.  Gozaron también de las lecturas de versos a cargo de los grandes poetas Rebelde Bohemio y Pedro de Palma

Al fin, agotados ya de tanto comer (y, sobre todo, beber), llegó la hora de ponerse serios, así que hablaron de sus ilusiones, de cómo estas les habían llevado a compartir esa casa con el resto, de lo que les había unido.
Con amigos es más divertido
Estuvieron todos de acuerdo en una cosa: la vida tal vez les pondría en distintos caminos y acabarían separándose en algún momento, pero, independientemente de lo que les deparase el futuro, esa siempre sería su casa y el resto de los participantes del banquete, su familia. Miraron hacia los lazos que les unían y vieron que eran del mismo material que las paredes de aquella habitación y podían estirarse hasta el infinito, sin romperse nunca. Advirtieron que, mezclados con la trama, llevaban sus nombres bordados, porque eran unos hilos creados por y para ellos y no se podía borrar ninguno, porque eran mágicos y solo admitían “entradas”, nunca “salidas”.
Llenos sus cuerpos de plátanos y mojitos, con los corazones repartidos a lo ancho de aquellas paredes, pudieron levantar sus copas y brindar, diciendo, con una sola voz: Feliz Navidad, Feliz Año Nuevo. Feliz Vida Nueva, Feliz Vida Juntos
 
 
 
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martes, 18 de diciembre de 2012

Feliz Año Nuevo; feliz Vida Nueva


No he de quejarme del negro, del dolor, ni el desencanto;
que siempre sirve lo oscuro, para poder ver más claro.
R. Amor




Parece que el camino es así...
En unos días empezará el nuevo año, pero no para todo el mundo. Tengo un par de amigas para quienes ya es Año Nuevo. Para una empezó hace apenas unas semanas, para la otra está empezando ahora mismo. Para las dos quiero enviar mis mejores deseos de felicidad.
Yo sé que ahora les parecerá  que sonrío demasiado, con lo mal que se encuentran, pero es que yo sé algo que ellas no han aprendido aún: también esto pasará. Un día se descubrirán sonriendo sin motivo, con el ojillo pintado y el bolso en bandolera, andando por la calle ligeras, como siguiendo unos pasos de danza y descubrirán que ya ha llegado su nueva vida.


... pero en realidad, es así
La única forma de acceder al siguiente escalón es abandonando el anterior. Ya no se acuerdan, pero lo han hecho antes: un día se mudaron de casa, otro cambiaron de colegio o pasaron al instituto, abandonaron el hogar paterno o la ciudad en que vivían. Dejaron todo atrás y empezaron una nueva vida, tal vez con pena, pero siempre con ilusión por lo que habría de llegar.  Y llegarán muchas cosas más. Tendrán alegrías y disgustos, conocerán gente buena y verdaderos demonios; pelearán con amigos y familia y se reconciliarán con algunos, entre abrazos, risas y lágrimas emocionadas. La vida es un cúmulo de sensaciones y experiencias, que en realidad se resumen en una sola: la búsqueda de las personas que nos acompañen en el camino.

Yo voy a desearles suerte en la aventura y aprovecharé para darles algo que no me han pedido: tres consejos y un deseo.

Feliz Año Nuevo
El primero es que decoren sus casas antes de traer invitados, porque a nadie le gusta ser recibido entre ruinas y polvo, además de la vergüenza que acabarían sintiendo si son malas anfitrionas. El segundo, que no se extrañen si ven de pronto como la gente en que confíaban se aleja sin explicaciones: muchos se asustarán al ver el cambio operado en ellas y no serán capaces de afrontar sus propios miedos; otros, simplemente, se sentirán imposibilitados para seguir el ritmo de sus pasos. No es grave, puesto que, acambio, otros les sorprenderán con una lealtad inesperada. Como decía una antigua canción “... que siempre sirve lo oscuro, para poder ver más claro”.

El tercero es el más importante de todos y este sí espero que lo sigan: vivid. Vivid los malos momentos con igual intensidad que los buenos; bebed cada instante, como bebeis el agua fresca después del ejercició, apurando el vaso hasta la última gota; si llorais, hacedlo hasta que no queden lágrimas y si reís, que sea a carcajadas, aunque se os descoyunten los huesos de todo el cuerpo. Vivid para y por vosotras, sin importar quien esté a vuestro lado, porque sois lo más importante de vuestras vidas. No olvideis jamás que la gente va y viene; los objetos se rompen o se pierden; las casas, el puesto de trabajo o los novios, se cambian cuando es preciso, pero vuestra vida es solo una y debeis disfrutarla a tope, antes de que sea demasiado tarde.

En cuanto al deseo ¿qué otro podría ser? os deseo feliz Año Nuevo, feliz Vida Nueva.

 

 

 

 Fotos:
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viernes, 14 de diciembre de 2012

Primer regalo de Navidad


Entradas de cine, utilizadas
por primera vez, en años
No suelo escribir dos días seguidos para el blog, pero hoy quisiera hablar con unas personas que son especiales para mí y a las que no puedo dirigirme de viva voz.

Ayer os contaba una perspectiva de la Navidad, pero tiene otras. El año pasado comenté algo sobre ello por este mismo medio (ver entrada del 16/12/2011). Allí hablaba de los gastos y las reuniones familiares, aunque no de manera negativa. Todo lo contrario: defendiendo ambas cosas como algo excepcional y necesario. Los que vivimos lejos de la familia sabemos de la importancia de esa cercanía anual, tal vez la única que podemos disfrutar. Precisamente por esa soledad que nos embarga a lo largo del año valoramos más los pequeños detalles. En realidad no tan pequeños por todo lo que desencadenan.

Hoy el día empezó cargado de emociones: después de varios años sin poder hacerlo, mi marido y yo íbamos a disfrutar de una jornada especial, juntos y a solas. No es que fuesemos a hacer nada extraordinario desde la perspectiva de cualquier persona, pero ir al cine o cenar juntos y a solas en una cafetería son lujos que no nos podemos permitir debido a nuestras circunstancias personales.

Pasé toda la mañana excitada, mirando las entradas del cine, escuchando la banda sonora de la película y recordando palabras élficas (que por algo la película era El Hobbit).

Sobres, promesas de
emociones
A media tarde sonó el timbre de la puerta y me encontré con la persona que reparte el correo, quien puso en mis manos varios paquetes y un par de cartas, que comencé a ordenar como hago siempre, separando las de S de las mías (nunca abro la correspondencia que no esté dirigida a mí), colocando las suyas sobre su mesa y seleccionando las mías por el orden en que las abriría.

La primera sorpresa me la dió un sobre más grande de lo habitual, sin remite y, en el lugar de este, un pequeño corazón rojo. Lo abrí, sabiendo ya que quien quiera que fuese la persona que lo enviaba, debía ser alguien cercano a mí. Saqué del mismo un papel rojo, bellamente decorado y con las palabras “¡Sorpresa, querida Amparo!” escritas sobre un colchón de corazones.  Cuando vi la firma no pude evitar conmoverme hasta lo más hondo.
La persona que me enviaba esa felicitación navideña se ha incorporado a mi vida hace relativamente poco, aunque con su sonrisa enorme y sus modos “tormentosos” ha ganado un lugar de honor entre los seres que aprecio. Aún nos falta un poco más de trato para saber si realmente tenemos un futuro como amigas, pero los primeros pasos ya están dados y lo que he visto hasta ahora me parece más que prometedor. Lo que sí puedo decir en este momento es ¡bienvenida a mi vida!

Parecen postales, pero son
corazones
El segundo sobre, más grande todavía, sí tenía remitente. Tras la emoción del primero, solo pude sentarme, sin abrirlo siquiera, me lo quedé mirando casi sin verlo por que mis ojos estaban empañados de lágrimas. Cuando por fin lo abrí estaba lleno de regalos. Los más bellos que he recibido en mi vida, porque cada objeto que salía del sobre llevaba un trozo de la persona que los mandaba. Me había metido en el paquete un pedacito de su propia vida, otro de su corazón y me los ponía en las manos como muestra de cariño. Nunca había recibido nada tan valioso.

Cuando entré en el cine, feliz por la ocasión y por el desarrollo del día, excitada por la película y armada de un paquetón enorme de palomitas de maiz, me senté dispuesta a disfrutar del remate para este jueves feliz. Llevaba la película apenas media hora cuando vibró el móvil. No podía cogerlo en ese momento, pero ahí estaba un nombre muy querido por mí y que últimamente me ha dado algún disgusto, así que la preocupación casi no me dejaba esperar para devolverle la llamada, cosa que hice durante el descanso. Entonces recibí la guinda para decorar el dulzor del día: mi más querido compañero, mi “hermano”, solo quería decirme que estaba pensando en mí. Le contesté medio en broma, pero al colgar no pude evitar sentirme ¡una vez más! emocionada.

Esta imagen solo la va a entender un persona.
No se me olvidará lo que me prometiste, así que
iré a reclamarlo
Este es sin la menor duda, el lado más bello de la Navidad. Sentir cerca a los que están lejos, que la añoranza se convierta en emoción, que las personas importantes en nuestra vida nos descubran que nosotros también somos valiosos para ellos, que el amigo más querido llame en medio de una película, para decir que solo quiere que sepamos que está ahí, envolver todo eso en una cita con el propio marido... estas son las cosas que no se pueden pagar más que de una forma: con amor.  No sé si podré hacer tanto como han hecho ellos conmigo, pero espero ser capaz de devolverles un poco del calor que me han regalado hoy.

La de ayer fue una fecha muy estética, pero hoy, 13 de diciembre de 2012, ha sido uno de los días más felices de mi vida. Gracias a los cuatro.



Fotos:
Propieda privada de la autora

miércoles, 12 de diciembre de 2012

Noche de Paz

Stiftskirche
(Aschaffenburg)
Ya está aquí otra vez. Llega la Navidad con todo el bombo que le es habitual: comilonas, regalos, reuniones familiares, risas... y también nerviosismo, discusiones, lágrimas...

Este año toca echar de menos a algunas personas. Algunas no volverán jamás y de otras no se sabe. El futuro es un inestable que se empeña en cambiar todos nuestros hábitos, se lleva a la gente que queremos y nos trae un puñado de desconocidos a los que habremos de acostumbrarnos.

La primera semana de fiestas siempre se resuelve en una reunión familiar en la que la presencia de caras nuevas no hace olvidar a las que ya no están, así que, al menos en mi casa, suelen ser motivo de alegría y tristeza al mismo tiempo. Hace años que preparo la comida de Navidad entre sonrisas para los que me rodean y lágrimas, que oculto hábilmente tras el vapor que desprende el pavo, para que nadie pueda verlas. A veces alguno de los niños de la casa, menos discreto que los adultos, indaga el porqué de los ojos húmedos y no queda más remedio que inventar una mentira porque ¿cómo se le explica a un niño que hubo un tiempo en que fuimos nosotros los niños de la casa? ¿cómo decirle que también estuvimos frente a una mujer a la que llamamos “mamá” o “abuela” que cocinaba para la familia? ¿cómo decirles que por mucho que les queramos, ellos no pueden suplir a los que se fueron? Así que nos excusamos de cualquier manera y procuramos sonreir, aunque no tengamos ganas de fiesta, de cocinar, ni de abrir regalos.

Si la fiesta natalicia es el día de la añoranza, el fin de año lo es de los propósitos que nunca se cumplirán. Comenzamos el nuevo año haciendo una lista de buenas intenciones. La paleta va desde dejar de fumar y hacer más deporte hasta aprender kárate, estudiar japonés o no volver a salir con un tipo tan idiota como nuestra última pareja. Una serie de objetivos interesantes que nunca se verán realizados, pero que repetimos todos los años “por si cuela”.

Sin embargo ya tengo todo organizado para estos días: dónde y qué vamos a comer, qué regalos recibirán mis familiares y amigos, cómo decoraré la casa y la mesa, así como todos los pequeños detalles que rodean a los días de Adviento y siguientes.

Volveré a empaquetar regalos, a enviar postales y a darme cuenta a última hora de que alguna dirección la puedo borrar de mi agenda, porque allí no hay nadie ya que pueda recibir mis saludos. Regresaré a la cocina, a hornear entre vapor y lágrimas y una vez más haré mi lista de metas a conseguir en los doce próximos meses.

Partitura de Noche de Paz
Y es que no hacerlo significaría que me he rendido, que ya no tengo ilusiones ni planes de futuro, que le doy la razón al tiempo y renuncio a seguir adelante. No lo haré. Aún tengo un átomo de fe en el porvenir, si no en el mío, sí en el de otros,  así que repetiré los gestos habituales una vez más: decoraré, cocinaré y me camuflaré entre el vapor para esconder las lágrimas, porque la añoranza de lo que se fue, no estropee el disfrute de lo que aún queda.

Tal vez ese sea el mejor motivo para celebrar la fiesta pese a la falta de ganas: siempre nos quedará algo o alguien por lo que valga la pena cubrir una mesa con comida y rodear de regalos a unos zapatos. Mientras en la casa viva un niño que sueña con “comer uvas y ver fuegos artificiales” o que juega a indios y vaqueros con las figuras del belén, seguiré sentándome al piano para interpretar un villancico y vivir el momento más émotivo de la jornada, al cantar para los míos Stille Nacht, Heilige Nacht...
 
Noche de Paz.





Fotos:
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domingo, 2 de diciembre de 2012

Echando a volar


Para A. M. R.: no puedo tomar tu mano, pero te presto mis alas. A mí me han llevado a lugares insospechados. Déjate sorprender.

Por ahí asoma el futuro
Te he comentado otras veces que he pasado media vida (quizá las tres cuartas partes) despidiéndome. A veces de casas, otras de países, muchas de ciudades, siempre de personas. Estas últimas son lo más difícil de dejar atrás.

Amamos nuestras casas y nuestros bienes, pero si las circunstancias nos obligan a dejarlos atrás, lo hacemos con una cierta facilidad. En cambio los seres queridos... ¡esa es otra historia! Partir y no llevar contigo a los padres, los hermanos, ese amigo con el que hemos vivido tantas cosas, nos rompe el corazón y nos deja un dolor que el tiempo llega a suavizar, pero no cura del todo. Las personas con las que hemos compartido nuestra vida son como el hierro de marcar reses: dejan una huella indeleble.


Alas: un apéndice muy útil
¿Te ha sonado muy melancólico? Pues no te dejes engañar. Un día descubrirás que el verdadero legado de las personas que encontramos en nuestro camino es intangible. Nos dejan recuerdos, generalmente buenos, que se quedarán con nosotros para siempre. Los malos simplemente se diluyen en el tiempo, porque, por alguna razón que se me escapa, las remembranzas penosas no suelen ser eternas. En cambio el amor que hemos recibido permanece a nuestro lado, como una segunda piel, protegiéndonos en los momentos de tristeza y guiándonos cuando estamos perdidos. El roce de una mano es más poderoso que la presencia de quien da la caricia.

En cuanto al resto, también de esto hemos hablado ¿recuerdas? El final de una etapa es solo el principio de otra. No dejes que la tristeza por lo que queda en el pasado rebaje tu fe en el futuro. En realidad es bueno viajar con poco equipaje y es preferible que tu mochila esté cargada de sensaciones, porque si la cargas de objetos solo servirá como lastre. De hecho yo te diría que no cargues siquiera con el macuto: así te encajarán mejor las alas.

Ahora que la puerta se ha abierto, que has dado el difícil primer paso, recuerda no mirar lo que has dejado a tu espalda. Podría ser que te pareciese más bello de lo que realmente es, por efecto del contraluz. Recuerda que si has decidido moverte es porque te hartaste de seguir parada.


Quieres viajar y ahora empiezas con el primero de tus viajes. Será corto en distancia, pero el más importante, porque acabas de empezar la jornada hacia el resto de tu vida y porque la comienzas con una hoja de ruta clara: sabes dónde quieres llegar y como arribar al lugar que sueñas.

No puedo predecir el futuro, así que no puedo decirte si las metas que te has propuesto serán exactamente las que alcances, mas estoy segura de que obtendrás lo que mereces. Y yo que te conozco, sé que mereces cosas muy buenas.

Algún día, dentro de muchos años, te descubrirás mirando a tu alrededor y viendo todo lo logrado. Ese día sabrás que hiciste lo que debías. Quien lucha por sí mismo, siempre hace lo correcto.

Y si encuentras alguna piedra en el camino y notas que te fallan las fuerzas para apartarla... solo tienes que silbar.






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jueves, 22 de noviembre de 2012

Transparencias


La pintura vieja en un lienzo, a medida que envejece, a veces se vuelve transparente. 
Pentimento. Lillian Hellman

 

 
Cuando el abuelo habla
Alfredo Rodríguez (pintor mexicano)
... y no solo la pintura. Las personas también. Claro que el término “envejecer” es relativo. Tanto las personas como los objetos envejecen según el ritmo de sus almas, más que el de sus años, pero eso no les quita un ápice de transparencia. Tarde o temprano todos acabamos padeciendo de invisibilidad.

Al nacer y en los primeros años de vida, todo el mundo mira al bebé. Comenta sus primeros pasos, sus travesuras, sus balbuceos. Empieza a sentirse muy importante, porque se sabe el centro del universo. Luego, durante la adolescencia y la primera juventud, sueña con desaparecer a ratos, porque parece que todo el mundo esté pendiente de cada movimiento que realiza. Durante la juventud pasea orgulloso como un pavo real, mostrando sus más bellas plumas a quien encuentra a su alcance, a veces por lograr el encuentro sexual, otras por presumir ante los compañeros de trabajo o los vecinos. Aunque no abriera su cola en abanico, todo el mundo le vería: la juventud es siempre un imán para las miradas.

Abuelo y nieto
D. Ghirlandaio
Los años siguen pasando y un día descubrimos que nos diluímos ante la vista de los demás. Un día es un tropezón con alguien que no nos vió porque su mirada seguía a unas bellas piernas que asoman bajo los pliegues minúsculos de ese retal llamado “minifalda”; otro día descubrimos que en el bar o en la tienda nos pasan de largo, para atender a ese muchacho tan elegante y jovencísimo que entró en el local quince minutos después de hacerlo nosotros. Cada día un pequeño detalle, un gesto del que nadie es consciente, salvo la pobre víctima que acaba mirándose a sí misma para ver si sigue ahí y comienza a descubrir que se está convirtiendo en celofán: algo que no se ve y que solo se oye cuando, por casualidad, le ponen un pie encima.

Lo realmente triste de esto es que comienza a suceder en un momento en que la persona aún tiene inquietudes que se corresponden con la juventud: sus hormonas siguen en perfecto funcionamiento, así que todavía es activo sexualmente; su cuerpo se mueve con dinamismo y su rostro apenas muestra arrugas o en su cabello tal vez no han aparecido las primeras canas, así que se siente lo bastante atractivo como para ser mirado; su cerebro es lúcido y está lleno de información que puede hacer su trato agradable y su conversación interesante... No le sirve de nada: es transparente. Nadie puede verle.

Retrato
Thomas W. Wood
A partir de ese momento no hay salvación para la persona. Pasan los años y sigue perdiendo opacidad, ahora ante los seres más cercanos. Vecinos y familia dejan de verle. Hasta los hijos, que parecían siempre amorosos y dispuestos a cuidarles hasta el fin de sus días, les buscan por la casa a la hora de comer o de tomar la pastilla para la tensión, sin darse cuenta de que están sentados en el sillón de siempre. Les miran sin ver que sus ojos se están apagando, a fuerza de no tener miradas de los demás; que su piel se reseca, porque se deshidrata en llantos de tristeza y se pliega sobre sí misma porque la erosionan lágrimas de soledad.
 
Sería bello que nuestra cultura comenzase a ver a los ancianos, como hacen otras. Nos sorprenderíamos al descubrir las sorpresas que nos tienen guardadas, desde la historia de nuestras familias, hasta la del país; de los consejos más atinados, a las más bellas leyendas. Todo eso nos lo estamos perdiendo porque no vemos a nuestros mayores. Todo eso va a desaparecer porque permitimos que, con los años, las personas se vuelvan transparentes.
 
 
 
Fotos:

viernes, 9 de noviembre de 2012

Matrimonio y obispos

Esto es AMOR...
Estoy enfadada con los obispos. Esto no es nada nuevo: las élites religiosas tienen una facilidad extraordinaria para enfadarme cada vez que abren la boca.

Esta vez lo han logrado haciendo algo que siempre me ha parecido fuera de lugar: poner en entredicho una decisión de la judicatura y además actuar con exigencias en campos que no les competen.
En esta ocasión le ha tocado al matrimonio entre homosexuales, calificado de “falto de fidelidad a la Constitución”, pese a que el mismísimo Tribunal Constitucional lo ha aprobado y pese a que la Carta Magna española defiende el derecho al matrimono de todos los ciudadanos, sin especificar su sexo. Una vez comprobada la inutilidad de ese argumento vienen con el siguiente: "Pensamos, en particular, en el derecho de quienes contraen matrimonio a ser reconocidos expresamente como esposo y esposa; en el derecho de los niños y de los jóvenes a ser educados como esposos y esposas del futuro; y en el derecho de los niños a disfrutar de un padre y de una madre, en virtud de cuyo amor fiel y fecundo son llamados a la vida y acogidos en una familia estable... " (El País, versión digital, 08/11/12)


... esto es BELLO...
Parece ser que nuestros mitrados siguen jugando con la idea de que todos los matrimonios han de tener hijos propios y que los niños deben ser educados por seres de diferente sexo para que cuando sean mayores se unan a su vez a personas del sexo contrario, cosa que no sucederá si sus progenitores son del mismo sexo, porque la homosexualidad, como la gripe, se contagia por contacto.

Dicho de otra forma: para los prelados no son matrimonios aquellos en que las parejas sean estériles, tengan hijos adoptados, sus hijos se queden solteros para siempre en lugar de convertirse en “esposos y esposas del futuro” o, simplemente, aquellos en los que uno de los cónyuges le es infiel al otro repetidamente, faltando al “amor fiel y fecundo”.  Pero no. Esto es solo lo que parece. En realidad  todas esas cosas no son criticadas. Tampoco el que un niño crezca en el seno de una familia rota por las discusiones, infidelidades o violencia de los padres, que eso no preocupa a estos señores. Lo que de verdad les molesta es que se llame matrimonio a la unión de personas del mismo sexo y que estos críen niños.

... esto ni es amor, ni
es bello
Pues miren, Sus Ilustrísimas, resulta que las palabras son entes vivos que se van modificando con el tiempo y cambian su significado y a día de hoy, matrimonio es un contrato legal realizado entre dos personas adultas, con consentimiento de ambas partes y sin interferencias de terceros (incluyendo élites religiosas varias). Resulta también, que lo que necesitan los niños para crecer son personas que les quieran y se ocupen de ellos con amor y atenciones y nadie nos garantiza que la combinación de sexos opuestos tenga la exclusiva en el reparto adecuado de afecto.

De cualquier modo no voy a entrar en explicaciones, que ustedes ni merecen, ni escuchan. Solo les pediría un favor: ocúpense de su grey, repartan comida entre los necesitados, curen al enfermo, aconsejen a quien les pida ayuda, pero, por lo que más quieran, dejen a la gente vivir en paz. Respeten a las personas y, por encima de todo, recuerden que sus seguidores quizá estén obligados a obedecer sus consignas, pero los demás no tenemos porqué aguantar sus sermones. No nos gustan y no queremos oirlos. Si algún día cambiamos de opinión, ya les avisaremos.



Fotos:
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miércoles, 7 de noviembre de 2012

Pobres vergonzantes



Mendigo
Mi amiga María ha puesto a mi alcance un artículo atribuido a la periodista Ángeles Caso en el que se cuenta como algunas personas van a comer a IKEA, la conocida cadena sueca de venta de muebles, debido a lo barato que resulta alimentarse en su restaurante. También vi hace unos días un reportaje, aparecido en el canal de televisión Andalucía Internacional, en el que hablaba de un bar andaluz en el que una vez por semana se da de comer a necesitados por una cantidad de dinero casi irrisoria.

Ambas noticias me han impresionado por varias razones. En primer lugar porque nos dejan claro que se puede ofrecer comida por poco precio, pese a lo que quieran hacernos creer desde los supermercados. Tal vez el gobierno podría empezar a revisar esa costumbre de subir los precios periódicamente, sobre todo los de algo tan fundamental como son los alimentos. También me ha tocado la fibra sensible la solidaridad que muestran personas como los directivos de IKEA, al esforzarse por mantener los precios, o los propietarios de esa cafetería andaluza al crear ese comedor especial para quienes menos tienen, respaldo tan necesario en estos tiempos duros que nos está tocando vivir.

Algunos buscan en contenedores...
Como lo mío es divagar y además ni la política ni la economía son habilidades que domine, no pude evitar que mi mente viajase hasta la edad media. En esa época abundaba la figura del “pobre vergonzante”, personas que vivían en la pobreza, a la que habían llegado por los altibajos de la suerte, pero que no deseaban que los demás conocieran su necesidad, así que la disimulaban como buenamente podían.

La situación económica actual ha debido crear muchos de estos seres que, sin trabajo y con la prestación por desempleo agotada, tratan de sobrevivir como pueden, esperando que les surja ese puesto que les permitirá recuperarse, comiendo mientras tanto de lo que encuentran en contenedores o en comedores sociales, pidiendo prestado al amigo íntimo o al pariente de confianza, para ir sorteando el mal momento. El pensar en esas personas me ha inspirado una mezcla de tristeza y ternura ¡qué difícil es perderlo todo y mantener la dignidad!

Los ricos siempre han vivido bien.
El banquete de boda

P. Bruegel
Lo que no acabo de aceptar es que aún haya de usarse esa palabra para definir la situación en que se encuentran esas personas, no por que sea incorrecta, que no lo es y además aclara perfectamente la situación. Un “vergonzante” es alguien que padece vergüenza y, por tanto, si el encontrarse en situación de pobreza es afrenta para quien lo padece y le hace sentir humillado, la expresión está bien utilizada desde un punto de vista lingüístico. Para mí lo inaceptable es que se califique de “pobreza vergonzante” lo que no es sino “pobreza vergonzosa”, puesto que no es algo que ellos se hayan buscado, sino más bien el resultado de una política indecente, una economía indecorosa y unas prácticas laborales ignorantes de cualquier principio deontológico.

Que unas personas traten de superar una crisis luciendo una sonrisa en los labios, me parece admirable. Que hayan llegado a esa situación por los abusos sufridos de la mano de gobiernos, bancos y empresarios, que no puedan salir de ella porque quien podría solucionarlo no lo hace, es indigno y una muestra más de la vileza de ciertas castas que anteponen el propio interés al de aquellos que dependen de ellos.

Y es que, como ocurría en la Edad Media, la vergüenza solo la conocen quienes menos motivos tienen para padecerla.

martes, 30 de octubre de 2012

Miguel Hernández



Probablemente, la imagen más
conocida de Miguel Hernández
Tengo por costumbre mirar las efemérides del día, que es una de esas actividades que realizamos por simple curiosidad y pocas veces sirve para algo más que presumir de una erudición que, en realidad no poseemos. Así he descubierto que tal día como hoy, 30 de octubre, en el año 1910 para mayor exactitud, nació Miguel Hernández.
No voy a descubrir nada nuevo de este poeta genial, se ha escrito hasta la saciedad sobre él y su obra, pero me gustaría conmemorar su aniversario contando lo que ha significado para mí.
Algunos textos llegan a nuestras manos por caminos torcidos y de ese modo llegó a mi vida: curioseando en el cuarto de los trastos, en la casa de mi abuela, cayó a mis pies una carpeta llena de manuscritos. Ahí, entre albaranes que reflejaban transacciones hechas por mi bisabuelo, un par de cartas comerciales y algunos borradores de mi abuelo, encontré un papel amarillento de años en el que aparecían escritos a mano unos versos que decían:
 
Aquí estoy para vivir
mientras el alma me suene,
y aquí estoy para morir,
cuando la hora me llegue,
en los veneros del pueblo
desde ahora y desde siempre.
Varios tragos es la vida
y un solo trago es la muerte.
 
Como mi abuelo fue poeta, pensé que tal vez lo hubiera escrito él, hasta que me di cuenta de que al final de la página decía “Sentado sobre los muertos”. Miguel Hernández.
Caricatura con cebolla
Esos versos me impactaron tanto que me ocupé en buscar un libro de poemas de ese lírico, libro que aún conservo, aunque avejentado de tanto tiempo y tantas lecturas, y que releo periódicamente, con la misma veneración con que un creyente lee su biblia.
En aquella época, y durante mucho tiempo después, veía en Miguel Hernández a un héroe salido del pueblo, un cabrero que, a fuerza de leer logró expresar sus sentimiento y con ellos, los míos. Con el tiempo descubriría que estudió derecho y literatura, pero eso no rebajó en nada mi fascinación por sus versos; muy al contrario, me hizo admirar más su capacidad de superación y sacrificio.
Fue víctima de la guerra y las represalias franquistas, muriendo en la cárcel de tuberculosis, a los 31 años. Cuando conocí estos detalles lo asimilé aún más a mi vida, tal vez porque mi abuelo compartió tantas cosas con él: la poesía, el bando republicano y la muerte en plena juventud, causada por el odio absurdo del vencedor hacia el vencido.
 
Miguel con Josefina,
su esposa
Hace relativamente poco tiempo, tras la muerte de mi madre, incapaz de llorar por una pérdida que aún no había asimilado, tomé el poemario de Hernández y lo abrí por la página en que se encuentra la “Elegía a Ramón Sijé”. Fui leyendo despacio, digiriendo cada palabra, hasta llegar a esos versos en que dice “No perdono a la muerte enamorada, / no perdono a la vida desatenta, / no perdono a la tierra ni a la nada [... ] Quiero escarbar la tierra con los dientes, / quiero apartar la tierra parte a parte / a dentelladas secas y calientes. / Quiero minar la tierra hasta encontrarte / y besarte la noble calavera / y desamordazarte y regresarte.” Al leer me di cuenta de que esa era la misma rabia que yo sentía, la misma impotencia, la misma tristeza. Gracias a ellas pude vestir mi alma de luto y empezar a curar la pena. Todavía hoy me emociono cuando leo esas palabras.

Siempre le estaré agradecida, por expresar lo mismo que sentía yo y dejarlo escrito para ayudarme a superar el peor trance por el que había pasado hasta ese momento. Seguramente por eso, por esas palabras escritas para mí años antes de que yo naciera, siempre estaré agradecida al cabrero de Orihuela y siempre tendré a mano sus poemas. Para oirle diciendome

que tenemos que hablar de muchas cosas,
compañero del alma, compañero.

 





Fotos: